Ciertos acrósticos inciertos

Ciertos acrósticos inciertos

Especie de novela por entregas que escarba en los afectos enredosos y desata las pasiones íntimas entre una mujer madura y un hombre sesentón

Capítulo 6

«Me has abierto la puerta de tu corazón», te reconoce Sofía en un correo electrónico. Y entonces decides abrirle la de tu casa al calor de una cena íntima. Deseas que descubra tu mundo interior, el espacio que habitas, la estancia en la que duermes, la mesa sobre la que escribes, ese refugio de claroscuros en el que cada rincón, cada pintura, cada escultura, cada fotografía, cada libro, cada antigualla habla a voces por ti y retrata con lente de camarógrafo de dónde has llegado, quién eres, qué haces, cómo has ido lidiando los albures terrenales y el paradero final al que pretendes dirigir los achacosos últimos pasos de tu escarpada existencia.

–Creo que es mejor que cenemos en casa. Estaremos más cómodos, al resguardo de miradas intrusivas y de dimes y diretes intempestivos. Esta noche te envío el enlace a la web de La Genuina de Cimadevilla para que elijas tú misma el menú. Conozco al encargado del restaurante y a buena parte de los camareros. Son profesionales serios y discretos. Si estás de acuerdo hago el pedido, quedamos mañana a las nueve en el Café de la Ópera y les digo que nos lo traigan a las diez y media.
–Me parece estupendo, Mario.

Como todos los sábados por la mañana, la señora Magnolia viene a limpiar. Le explicas que esta noche has invitado a una mujer a cenar y que, por favor, se esmere en el aliño de la cocina, a la que se accede a través de una vieja puerta de madera con los vidrios biselados de la que cuelga un cartel rústico atado con un cordel de cáñamo donde reza: «El Casarón-Comidas». Cuando adquiriste la vivienda estaba en ruinas e hiciste que la demolieran de arriba a abajo para acometer la reforma. Sólo salvaste los muros maestros de piedra antiquísima, a los que un paleontólogo calculó un pasado de por lo menos quinientos años. Y como apenas utilizas la cocina, a no ser para desayunar, te inclinaste por recrear en ella el comedor de una vetusta casona asturiana, con sus cortinas de cuadros rojos y blancos en el ventanal y sus manteles, a juego, sobre las dos mesas, sus fogones de carbón, su alacena de castaño, su jofaina en el palanganero, sus calderos, lecheras y jarras de porcelana, sus ollas y peroles de cobre… cacharros, la mayoría, de tus abuelas y bisabuelas. Lo único que te devuelve al siglo actual es la iluminación con halógenos y el colorido de los óleos, grabados y dibujos que cubren las altas paredes, sin hacinarse, y has encargado a artistas a quienes conoces tan bien como ellos a ti.

A las doce entra el mensaje de Sofía. Dice: «Timbal de calabacín, setas y berenjena en queso ahumado de Pría. Y de segundo, arroz meloso con solomillo y boletus. Para beber una botella de Frissé. ¿Te parece bien?». Le tecleas de inmediato: «Perfecto. A mí me gusta todo… ¡Y, sobre todo, tú! Un besín».

–Ah, señora Magnolia, acuérdese de planchar la colcha dorada que está en el armario y de extenderla sobre la cama. En la mesa del escritorio le he dejado un sobre con su dinero. Nos vemos la próxima semana. Páselo usted bien. Y, de paso, saque también los cojines… Cuando regrese de almorzar con mi madre ya me encargo de colocarlos.
–Descuide, señor, descuide… Muchas gracias. ¡Qué disfrute de una velada feliz! –te desea con franqueza cuando te despides pasillo adelante.

Dan las nueve en punto de la noche en el reloj de la antigua Caja de Ahorros de Asturias cuando traspasas el umbral del Café de la Ópera. Salvo el camarero que te saluda, el mostrador está absolutamente vacío. Sólo quiebra el silencio un ligero rumor de murmullos lejanos entremezclado con las cálidas notas musicales que flotan en el ambiente y avanzas hasta el fondo para asegurarte de que ella no te espera en alguna de las mesas de la gran sala. Regresas a la barra, pides una cerveza sin alcohol y te fijas en un cartel que anuncia funciones de «Nabucco» para el próximo mes de octubre en el teatro Campoamor, situado en la acera opuesta. No has acabado de leer el elenco cuando entra Sofía. Está hermosa y resplandeciente.

–Ya estoy aquí. Me he retrasado cinco minutos porque no encontraba dónde aparcar el coche…
–Acabo de llegar –la tranquilizas. –¿Qué te apetece? –le preguntas después de fundir tu mejilla izquierda con su mejilla derecha y de repetir el arrumaco a la inversa. –Estás preciosa.
–Gracias. Una copa de vino. Un vinito blanco y fresquito. Un «Albariño» –remarca.
–Mira –le insinúas apuntando al anuncio. –Van a hacer esta ópera en octubre y en el reparto figura el artista madrileño Enrique Ferrer. Quique es un tenor solvente y un ser humano entrañable y divertido. Lo conocí cuando cantó aquí la «Luisa Fernanda» de Moreno Torroba.
–A este paso me acabaré aficionando a la lírica tanto como tú, Mario –responde persuadida de tu empeño para que vuelva a acompañarte a una representación. –Nunca olvidaré tu invitación a la zarzuela que vino a dirigir ese otro amigo tuyo, esa de la reina que se hace pasar por bandolera…
Adviertes que no recuerda ni el título ni el nombre del maestro y añades:
–«Los diamantes de la corona». Óliver Díaz es más que un amigo del alma, es como un hermano. Y María, su elegante mujer, también.
–Ésa, sí. Me fascinó. La música, los cantantes, el vestuario, los decorados, todo. Y la simpatía de María y de Óliver. Son encantadores. Se nota vuestro mutuo aprecio y el buen rollito. Me cayeron muy bien cuando nos recibieron en el camerino.

Aquella tarde de mayo había sido la primera vez que Sofía presenciaba una obra del género desde el patio de butacas de un teatro y esta noche de septiembre era la primera, asimismo, que iba a poner los pies en tu casa, en el casco histórico de la ciudad, a apenas cinco minutos de distancia. A las nueve y media enfiláis hacia la plaza de la Escandalera y luego por la calle San Francisco en dirección a la explanada de la Catedral. Pocos metros después de girar a la derecha junto a la Capilla de la Balesquida hundes la llave en la cerradura de tu portalón, pegado al Palacio de la Rúa y frente por frente del Museo de Bellas Artes. Las luces se encienden tan pronto como empujas el pomo y le cedes el paso. Subes detrás de ella por la escalera e intuyes bajo sus medias de seda negra unas piernas interminables que trepan desde los tacones de los zapatos hasta la escueta minifalda del mismo color, ceñida por un chaquetón rojo que navega espalda hacia abajo para desembocar en dos océanos deliciosamente delineados, carnosos y rotundos, según los ves contonearse a través de la abertura de la prenda.

(EL VIERNES, DÍA 21, CAPÍTULO 7)

© Misael Campo| 14 octubre 2016|Ciertos acrósticos inciertos|