Ciertos acrósticos inciertos

Ciertos acrósticos inciertos

Especie de novela por entregas que escarba en los afectos enredosos y desata las pasiones íntimas entre una mujer madura y un hombre sesentón

Capítulo 14

Es sábado y la señora Magnolia vendrá a las 9 de la mañana para darse a las tareas domésticas de tu casa. Antes, con la música de fondo de «Las cuatro estaciones» de Antonio Vivaldi, ojeas los titulares de la prensa digital, terminas de leer las últimas páginas de la novela «Otra vida» de Per Olov Enquist y sales a caminar por el Parque de Invierno. Es un trecho de algunos kilómetros que pateas a buen paso tanto para ir como para volver. Mientras la ciudad ronca los estragos de los viernes de copas a calderadas, te cruzas con pandillas de jóvenes rezagados que regresan de los últimos bares nocturnos, con la jauría somnolienta amarrada a los collares de los perros que miccionan en las farolas, con madrugadores a sueldo que acuden a ganarse el jornal o tempraneros con sudaderas que se despepitan por desentumecer los músculos corriendo en pantalón corto. Aunque ya sólo te concedes el goce de la naturaleza una vez por semana, te sienta bien respirar la brisa fresca del amanecer y sentarte en un banco a meditar con tu libreta de bolsillo y tu bolígrafo en la mano hasta la hora del tentempié.

A pesar de la negativa de Sofía, te rebosa una misteriosa paz interior. La razón es ella. Desde joven ya te gustaba arrancar el tranvía de los años a principios de septiembre, cuando se inician los tráfagos docentes, se propalan por los medios de comunicación las parrillas remozadas de la «rentrée», se preludian los programas culturales o se encienden las luces del carrusel parlamentario, y a finales de agosto volviste a revisar tus prioridades. La primera es sobrevivir a tu madre, para ocuparte de ella hasta su último aliento; la segunda es terminar tu correlato biográfico, para el que ya sopesas varios títulos posibles: «Confieso que he bebido», «La vida bebida», «Desde el paredón», «La gusanera», «Hola, me llamo Mario y soy alcohólico…». En ese par de propósitos, y en la ayuda desinteresada que prestas a tus semejantes, sigue bifurcándose el débil cordón umbilical que te mantiene enganchado a los arneses de una existencia devastadoramente vacía. Y decidiste seguir atrincherándote en la música y la lectura para atenuar el peso de las horas insulsas, como la última voluntad de un condenado a la horca sobre el cadalso. El hecho mismo de subsistir se había convertido en un grave, gravísimo, problema para ti. Era un secreto íntimo, celosamente escondido, insospechado incluso para tus amigos más cercanos, que saltaría por los aires en el calculado momento en que habrías de dar tu novela a la imprenta. Entonces te quitarías la careta de un manotazo y caería el disfraz del naufragio provocado por tus descontrolados excesos. Pero, cuando conociste el sufrimiento de aquella mujer traicionada en sus más decentes hechuras, encontraste un sedativo para los desuellos de tus cuartos internos. En su cáustico dolor intestino, reconociste tu propio agrietamiento vital. Reconfortándola a ella, te fortaleciste tú. Y aunque ya la empezabas a querer, le deseaste con la mayor franqueza que las aguas volvieran al cauce del que nunca debieron salirse, si ese fuera el remedio para paliar su severa aflicción. Y consolaste sus ojos llorosos con flores y acrósticos. Y nació una amistad que te azuzó a mirar a tu alrededor de una manera resurgida, animosa, purificada, inédita. Y comenzaste a amarla. Ella, a su modo, también; mas necesitaba sanar su honda herida, ir despacio, sentirse segura, volver a creer. O tal vez regresar a los brazos del hombre añorado porque todavía lo seguía queriendo y no podía olvidarse de él por mucho que lo intentara… Daba igual. Hoy le tenías que escribir para darle las gracias. Y para contarle algo más.

Tras la caminata, almorzaste frugalmente, dormiste la siesta y te levantaste con la inaplazable decisión de dar un golpe de timón definitivo. Estabas armado de serenidad e investido de coraje para comunicarle tu veredicto. Era la prueba concluyente del amor noble que sentías por Sofía. Había llegado la hora de poner fin a un calvario angustioso que la estaba conduciendo al límite de su entereza, que la acorralaba despiadadamente entre la espada del pánico y la pared de la indecisión. Y tomaste la resolución de liberarla, de redimirla del yugo que la oprimía, como se desata a un buey uncido al arado cuando la tierra se acaba de roturar, de facilitarle una escapatoria honrosa. La querías tanto –tanto, tanto, tanto, tanto– que tuviste que coger aire, contenerlo un instante y expulsarlo, por fin, con fatigosa lentitud para permitirte escribir la última palabra de una historia de mutua seducción tan endiabladamente increíble como encabronadamente verdadera: Renuncio.

«Renuncio, sí. Mi corazón emprende el destierro. Se va sin reproches, sin resentimientos, sin pesadumbres, sin rogativas, sin esperar explicaciones… Lo estuve reflexionando toda la mañana y he llegado a esta conclusión. Espero que lo comprendas. Creo que es lo más conveniente para ti y siendo así, queridísima Sofía, también lo será para mí. Ya sabes que me tendrás, si lo deseas y consientes en ello, de cualquier otra forma que quieras tenerme. Pongas los límites que pongas, yo siempre los acataré. Aquí me hallarás para hacerte más placenteros tus días hasta el final de los míos, en el caso de que sigas aceptándome como amigo, como un simple amigo nada más. ¡Nunca me arrepentiré de haberte encontrado! ¡Ni llegarás siquiera a imaginarte el inmenso bien que me has hecho! Desde que te conocí, soy un hombre mejor. Jamás podré agradecértelo ni pagártelo en lo que vale. Muchísimas gracias, de verdad, mi querida Sofía». Un montón de besinos, mc».

Media hora más tarde, llega la respuesta de Sofía envuelta en un giro verbal inesperado: «Brutal, Mario, tu mensaje es brutal. ¡Matador…! No sé qué decirte. Me he quedado en blanco. Tenerte como pareja me desconcierta, perderte me deja descolocada. Yo no quiero dar nada por perdido ni por zanjado. No descarto nada. Nada… Besos. Sofía».

FIN DE LA PRIMERA PARTE

© Misael Campo| 09 diciembre 2016|Ciertos acrósticos inciertos|