Ciertos acrósticos inciertos
Especie de novela por entregas que escarba en los afectos enredosos y desata las pasiones íntimas entre una mujer madura y un hombre sesentón
Especie de novela por entregas que escarba en los afectos enredosos y desata las pasiones íntimas entre una mujer madura y un hombre sesentón
Estabas seguro. Sabías de antemano que un fugaz revolcón sobre las sábanas de raso de la alcoba en penumbra, arrancándoos la ropa a cuatro manos, derramándote en los más íntimos resquicios de su piel como se desborda por el cuello de una botella de cava la espuma burbujeante al saltar por el aire el corcho que libera el exquisito licor dorado, no podría saciar la pasión desatada ni aun habiendo relamido uno por uno sus sabrosos encantos ni incluso acabando de derretiros, tú en sus labios y ella en tu boca, igual que un dulce de chocolate y en menos que canta un gallo. Pero tú no ibas buscando un arranque de fogosidad, un arrebato de usar y tirar, qué hermoso fue mientras duró, si te he visto no me acuerdo, a la noche chichirinoche y a la mañana chichirinada. Tú la quieres mucho, sí, y la quieres a tu lado para siempre jamás.
Todavía no sobrepuesta del impacto que le había causado a Sofía, al encender la luz, la lectura de la enorme esquela que a modo de cabecero vuela sobre las dos almohadas de la cama: «Aquí descansa – Don Mario Cano – R.I.P.», es al abrirle la puerta del baño contiguo al dormitorio cuando adviertes su gesto de perplejidad frente a un cartelón que anuncia, con generosa tipografía, una obra de teatro de Fernando Renjifo que lleva por título «Réquiem». Y sólo es capaz de esbozar una leve carcajada al observar, sobre la pared acristalada de la ducha, una pintada en serigrafía que implora: «Por favor mi vida: Para evitar atascos en el desagüe y las cañerías, te ruego que después de ducharte retires los pelos. Y los de la cabeza también, cariño…».
–Estoy alucinada contigo. No sé qué pensar. Pasas del humor más macabro a la chuminada más graciosa en un abrir y cerrar de ojos.
–Es una manera de restarle dramatismo a una vida tan azarosa como la mía –le contestas. –La habitación es, al fin y al cabo, mi espacio de reposo. En este baño y frente a este espejo he visto en mis peores amaneceres un rostro fantasmal en el que no era capaz de poder reconocerme en mis propios rasgos alcohólicamente cadavéricos; de ahí el cartel, como metáfora y presagio. Y la frase de adentro es un chascarrillo que me alivia los pesares de una plaga de obras y molestias que trajo consigo, hasta la definitiva reparación, ese maldito sumidero.
Suena el timbre y haces pasar al empleado del restaurante hasta la cocina, donde coloca las cazuelas y el vino que has pedido para la cena sobre la meseta de mármol que la señora Magnolia, siempre tan hacendosa, ha cubierto con tapetes ribeteados con puntillas de primoroso ganchillo. Lo acompañas a la puerta, le das las gracias y un billete de propina. Vuelves al comedor y, tras de ti, entra Sofía y le pides que se siente a la mesa.
–Hoy eres mi invitada y por una vez seré tu camarero.
–Déjame, déjame ayudarte –te sugiere cuando nota tu falta de pericia para emplatar el timbal y los arroces. Es para que no se nos enfríe… ¡Qué buena pinta tiene todo! ¡Y qué ambiente más acogedor! ¡Aquí no falta detalle!
Acabado el convite, y de camino al salón para rematar el banquete con una catarata de café y helado, le contestas a algunas preguntas que le surgen al detenerse ante varios cuadros que cuelgan de una de las paredes del pasillo.
–¿Qué música te apetece? ¿Te acuerdas de Carlos Cano? –le insinúas.
–Sí, claro. Y me gusta cantidad. ¿No sería hermano tuyo, eh? ¡Contigo, Mario, voy de sorpresa en sorpresa!
–No, pero casi lo tengo por tal. Que tengamos el mismo apellido es una mera casualidad. Lo conocí después de su operación a corazón abierto en Nueva York. Fue una amistad corta, aunque ciertamente intensa. Pero eso hoy no toca… Me gustaría que me hablaras de «tu libro». Tú ya sabes muchas cosas de mí. Desde hace varias semanas te escribo un correo todos los días y en cada uno de ellos me desnudo sin remilgos. ¿Háblame de ti? –le lanzas a bocajarro.
–No sé cómo has podido fijarte en mí, Mario. Soy una mujer muy normalita. Ya sabes que estoy separada, que convivo con mis dos hijos, que me ocupo también de mi padre, que trabajo un montón de horas y que no tengo tiempo para nada. Cuando descanso me gusta caminar e ir a la playa a tomar el sol, cuando hace bueno. No creo que podamos compartir muchas cosas juntos. Y, ahora mismo, estoy muy bien así. Sigo pensando en ese novio que me dejó tirada en el aeropuerto con los billetes en la mano… No lo puedo evitar –remacha.
–Quizá encontremos una manera de acercar distancias si intentamos unirnos en lo que nos separa –le propones mientras ella retira la mirada, baja los ojos al suelo y te percatas de que las punteras de sus zapatos apuntan hacia la puerta de la calle. –La última vez que estuve en una playa fue hace 15 años en la isla colombiana de San Andrés, pero mis médicos no se cansan de repetirme que me vendría bien pasear, darme baños de mar… Tú eres buena cocinera y yo debería alimentarme mejor. Además, todas esas horas que necesitas para atender tus obligaciones cotidianas equivalen a las que precisa este menda para seguir juntando palabras. Estoy dispuesto a suscribir contigo un compromiso formal de pareja, ya te he hablado de ello…
–Podemos seguir viéndonos y siendo amigos, Mario. Por mí, encantada. Pero a día de hoy no puedo darte más. ¿Lo entiendes?
–Lo entiendo, mi querida Sofía. Dejemos transcurrir los acontecimientos como corren las agujas de los relojes, con extrema lentitud, pero sin quietud alguna, ¿de acuerdo? Con el tiempo maduran las cerezas –le señalas para atenuar el tenso incomodo que le empieza a provocar la conversación.
–¡Uf, pero si ya son las tres. Tengo que irme, se me ha hecho muy tarde!
–Pues no se hablé más. Te acompaño hasta el coche.
Al llegar al aparcamiento te afirma que nunca olvidará «una velada tan especial» y tú le respondes a la montaraza de tus sueños con el adagio que redondea el final del dúo «En mi tierra extremeña», con el ímpetu retador del ardiente Vidal a la esquiva Luisa Fernanda: «los hombres de mi tierra cuando quieren, no pierden la esperanza de triunfar». Y os despedís a la luz de una farola con dos besos en las mejillas, porque en Oviedo las aceras oyen, las alcantarillas hablan y hasta la luna ha aprendido a murmurar.