Hubo agostos peores
Entraste en el baño, buscaste dos tramadoles, los disolviste en un vaso de güisqui y los tragaste. Tus piernas escuálidas sostenían a duras penas el tronco arrasado por el cráter del páncreas en llamas, doblado por la cintura como un ciprés en trance de vencerse por un vendaval, en riesgo inminente de desplomarte. Te sujetaste al lavabo, alzaste la cabeza y te observaste. En la cara sobresalían dos párpados abotagados del color del bedelio y, por debajo, las mejillas eran dos medias lunas cárdenas aplastándose sobre los pómulos derrumbados. Los ojos sin brillo se hundían en las cuencas mermadas igual que dos lentejuelas de luz languideciente.