Ciertos acrósticos inciertos

Ciertos acrósticos inciertos

Especie de novela por entregas que escarba en los afectos enredosos y desata las pasiones íntimas entre una mujer madura y un hombre sesentón

Capítulo 13

Se oye por megafonía el aviso que ruega apagar los teléfonos, prohíbe tomar imágenes y realizar grabaciones e informa del arranque de la representación, cuando alcanzáis la fila 9 del patio de butacas y ocupáis las localidades 26 y 28 del pasillo lateral. Apenas un bisbiseo para esbozarle el argumento a Sofía, con la sala en penumbra desvaneciéndose en tinieblas, mientras en manos del concertino la orquesta se acorda en el foso.

–No tuve tiempo de leer el resumen que me mandaste…
–En la versión original es una disputa entre dos pueblos, Babilonia e Israel, enfrentados por motivos religiosos y políticos, junto a una historia de amor que se desarrolla en segundo plano. Como todas las luchas de poder tiene un carácter intemporal. Puedes seguir la trama a través del texto que aparecerá ahí arriba –le recuerdas señalando a la pantalla que vuela por encima del proscenio. –Igual que cuando asistimos a «Los diamantes de la corona».
–Ah, claro. Vale, vale.
–¡Bueno, pues ponte cómoda y disfruta! –le dices con énfasis al escuchar los aplausos de la concurrencia que premian el saludo del director sobre el podio.

Suenan los primeros compases de la obertura y dejas caer los párpados detrás de tus gafas graduadas de lentes oscuras. Quieres envolverte en la música y soslayar la marea de elucubraciones que te desata. Aspiras a ensimismarte en la melodía, a sumirte en las voces del coro, a ir descubriendo por su timbre a los protagonistas que se van incorporando a la tragedia como un invidente que la escuchara por primera vez. Apenas le devuelves la mirada a Sofía si roza su codo con el tuyo para musitarte algún breve comentario, al que contestas con otro obligadamente sucinto, o cuando escuchas «Furibondo…» y reconoces a Enrique Ferrer para susurrarle, ese es Quique, el tenor madrileño de quien te hablé, o en los cambios de escena o cuando el respetable bate sus palmas con delectación. A veces observas por el rabillo del ojo que ella contempla sin pestañear lo que se va urdiendo en el tablado y vuelves a zambullirte en la plácida abstracción de una partitura que te conoces de carrerilla.

Casi sin darte cuenta, llega el descanso de la función. Sofía te acompaña a la plazoleta del teatro. Ella no fuma. Tú enciendes tres cigarrillos, durante los veinte minutos que sabes que durará la pausa.

–Me pareció verte ahí adentro con los ojos cerrados. ¿En qué pensabas?
–Recordaba la noche que estuviste en casa y conociste mi dormitorio. Imaginaba que… bueno… ya sabes…
–¡No me dirás qué…! ¡Va ser que sí, que todos los hombres…!
–No –la interrumpes. –No todos los hombres somos iguales ni nos pasamos los días pensando en lo mismo… Es una broma, mujer. Me concentro mejor si prescindo de la escenografía. Yo nunca hablo de que voy a ver una ópera, siempre digo que vengo a escucharla.
–Pero el decorado está muy bien, ¿no? A mí me parece espectacular.
–Hay montajes que pueden ayudar a comprender mejor el libreto, sobre todo cuando no lo conoces. Y  que persiguen la vistosidad para involucrar a la gente joven o llamar la atención de los aficionados que se afanan en experimentar otra clase de sensaciones.
–A eso me refiero, a la vestimenta, las sogas, el color rojo… Todo muy conjuntado.
–Me alegro mucho de que te guste. Y aún queda lo mejor por venir. Ese «Va, pensiero» que te envié por correo y que seguramente van a bisar…
–¿A qué?
–A repetir. Cuando un número resulta del agrado del público y es aclamado con reiteración, el director musical suele acceder a repetirlo, incluso con alguna ligera variante. Así sucedió en Milán, la noche del estreno, el 9 de marzo de 1842.
–Ah, sí. Pues qué bien. A ver si se nos logra hoy…
–No estaría mal que te fueras con un bis como recuerdo. Sería como llegar y besar el santo, vamos. Pero, pasemos. Esto continúa…

En la segunda parte decides cambiar tu actitud y diriges la mirada al escenario con la intención de ponerte en la piel de Sofía. Es un guiño clandestino de complicidad para tratar de sentir con ella la fascinación que le está produciendo el melodrama. Lo haces así, excepto durante el «Va, pensiero», que escuchas dos veces como era fácil de predecir –y ambas con marchamo de bella factura, en honor a la verdad–, o en el transcurso de algún pasaje puntual, en los que optas por clavar la vista en un punto difuso del decorado para combatir el oleaje de comezones que podría desbordarse dentro de ti.

Y es curioso. Cuanto más te esfuerzas en acercarte a las circunstancias de los personajes o en esclarecer las peripecias que acontecen sobre las tablas bajo el prisma de una dramaturgia fuera de contexto, más te vas alejando de la estampa ancestral que te has formado de este título que conociste en estado puro. Añoras las ambientaciones tan austeras de tus años mozos, pero tan fieles a la época de Nabucodonosor II. Rememoras los telones pintados con gruesos brochazos, las palmeras de chapa de ocume, el trasiego de utileros y el golpeteo de martillos detrás del telón en los entreactos. Retornas al empresario artístico Arturo Barosi y a su esposa Laura Bardelli, quien te llamaba cariñosamente «il piccolo giornalista» al verte correr detrás de los cantantes por el Campoamor, a la caza de una entrevista para el periódico, cuando apenas tenías dieciséis años. Y ves pasar por tu mente a Cornell MacNeil en el papel de Nabucco, a Paolo Washington en el rol de Zacarías, a Ángeles Gulín como Abigail, a Stamenova y Todisco encarnando a Fenena e Ismael… Baqueteado por los recuerdos de 1974, aterrizas en el meollo de tus tribulaciones: tenías toda la vida por delante, hacías lo que te gustaba hacer e ignorabas los escabrosos desfiladeros que habrías de atravesar al galope de los años. Es el clamor de la melancolía entumecido por una nostalgia estrangulada.

En el cuarto acto tu impaciencia se acrecentó, sobre todo después del aria «Dio di Giuda» seguida de la «cabaletta». Y aunque, entre cuadro y cuadro, te complaciera mirar de reojo la cara entusiasmada de Sofía, como el embeleso de una niña que va desenvolviendo los regalos del día de su cumpleaños, tú ya estabas deseando que la soprano se envenenara de una pajolera vez, que el sumo sacerdote dictara el augurio final: «Servendo a Jehovah, sarai de’ regi il re!», bajar al camerino a darle un abrazo a Quique por su bruñido desempeño y dirigirte con ella al restaurante Carta de Ajuste.

Llegamos. La encargada nos acompaña a la mesa, nos entrega las cartas y rellena la comanda de nuestra cena. Antes de servirnos los entrantes, Sofía se levanta para ir al baño y tú sales a fumarte un pitillo a la terraza descubierta del interior del establecimiento.

–Brindemos por el debut operístico, aunque tú lo hagas con vino y yo me resigne a la cerveza «sin plomo».
–Gracias, Mario. Me ha encantado. ¿Y a ti?
–A mí también, Sofía. La función ha ido de menos a más. Empezó un poco destemplada, pero acabó bastante redonda. Me hubiera gustado que te iniciaras con una «Bohème» o una «Traviata». Tiempo tendremos, espero…
–Me parece que estoy viviendo un sueño. Hace seis meses no podía ni imaginarme que acabaría asistiendo en directo a una zarzuela y a una ópera. ¡Y todo gracias a ti!
–Me gusta ver felices a quienes me rodean. Quizá lo hago por puro egoísmo… Aunque, en todo caso, es un egoísmo que me sienta de maravilla.
–Lo sé. Me traes en palmitas y te deshaces en detalles conmigo. Pero a veces lo pienso y…
–¿Qué piensas? –te anticipas.
–Que tu mundo y el mío son muy diferentes.
–Explícate, por favor.
–Tú amas la cultura. Eres escritor y te fascina la música clásica…
–Y la que no es clásica, también. Decía Napoleón que es el menos molesto de los ruidos… Quizá sea por eso –vuelves a interrumpirla.
–Yo soy una simple jefa de barra –te contesta sonriendo a tu chascarrillo. –Por no decir una «curranta», lisa y llana –añade bajando la vista al plato. –Mis «ex», cada uno a su manera, ¡son tan distintos a ti! Además, siempre estoy ocupada. Mis hijos, mi padre y mi trabajo me tienen totalmente absorbida.
–Cultivar el apego a la música y la lectura lleva su tiempo. ¡Y no te digo nada, escribir! Juntar palabras consume muchas horas y es una tarea que exige silencio y soledad. Mientras tú te ocupas en tus quehaceres, yo me entregaré a los míos.

Cuando la camarera llega con la factura y le entregas la tarjeta bancaria para saldarla, Sofía recibe un «wasap».

–Es mi hijo. ¿Recuerdas que te dije que hoy iría a Trubia a celebrar el cumpleaños de un amigo y que después tendría que llevarlo a casa?
–Sí. ¿Pero tan pronto?
–Pues que ya está en Oviedo. Que lo trajo un colega que vive aquí. Y que me está esperando en un bar de Pumarín. Tengo que irme, tengo que irme… –repite con nerviosismo mientras teclea un mensaje de vuelta en su móvil.
–Pues ni mil palabras más –le dices impostando una sonrisa de mala gana para quitarle hierro al asunto. –La botella de Baileys podrá conservar el precinto, pierde cuidado. Pero he comprado unos «Carbayones» y unas «Moscovitas» en el Rialto, y esos confites en la casa de un diabético son una tentación peligrosa. Como nos coge de camino, subo a por ellos y te los llevas, ¿de acuerdo?
–Vale, Mario. Gracias y perdona. ¿Me perdonas? ¡Me da una rabia…!
–No tengo nada que perdonarte. Tranquila. Ya tomaremos el café otro día…

Estáis bajando por las escaleras del aparcamiento subterráneo de la Escandalera y te expresa, de repente, una duda:

–Por cierto. Me habías comentado que hoy era un día muy especial para ti, pero no me has dicho porqué…
–Tal día como hoy, como ayer ya, para ser exactos, se cerró un episodio de mi vida. Hace 21 años que murió mi mujer.
–Uf, Mario. Sólo de pensarlo me dan respingos –resopla mientras introduce los dulces en el maletero del vehículo.
–Pues respíngate del todo, Sofía. También te revelé que pretendía ir dando pasos muy cortos, pero muy firmes, en nuestra relación. Así que hoy, aquí y ahora, me gustaría dar comienzo a un nuevo capítulo. Y quiero sellarlo con un beso de compromiso.
–No me pidas eso, Mario. No estoy preparada… al menos todavía. Temía este momento, porque veía que iba a llegar. Sabes que me tienes, lo sabes… Puedo darte besos de todos los colores… Pero un beso de compromiso, no. Estoy confundida, tengo miedo, no quiero traicionarme. Y menos traicionarte a ti –se lamenta con las pupilas empañadas.
–De acuerdo, Sofía. Te comprendo. Y hasta creo que soy capaz de descifrarlo. Entonces, mejor así –le replicas entrelazando sus manos con tus manos y despidiéndote de ella con un arrumaco en cada mejilla. –Conduce con cuidado. Gracias por tu sinceridad y tu compañía. Ha sido un placer. Nos vemos, ya sabes, próximamente…

© Misael Campo| 02 diciembre 2016|Ciertos acrósticos inciertos|