
Más cerca del punto final
Contra todo pronóstico, el susodicho ha pasado la mitad de sus años destruyéndose pero aún no ha conseguido matarse del todo. De mañana tal vez no pase. Sobre la casquería destrozada por el alcoholismo se acaba de sublevar un cáncer de páncreas que amenaza con desollarlo por la vía rápida. Mientras llega la guadaña redentora escribe en las grietas del vacío. Lo hace para sobrevivir en el inframundo mundo de tantos ayeres turbios, sabiéndose condenado a rememorar bajo cadena perpetua los episodios abominablemente lúcidos de una crónica demoledora, y creyéndose bendecido por la cordial reclusión en sus feudos, tan austera como la que se impuso en los manicomios donde se confinó a voluntad en varias etapas de su brutal devastación. Pasajero en tránsito con destino a la nada, todavía añora las cogorzas mañaneras dignas de un capitán general y los antros nocturnos de la perversión elegante, bien que menos. Aunque ya está en la terminal, no pierde la calma ni el buen humor. Al contrario. Cuando la tarde se vence en la noche, interrumpe el tráfago de sus letras, enciende la pipa y cierra los ojos. Entonces imagina la pista de despegue del último vuelo y desde la puerta de embarque lanza un grito ronco de optimismo incorregible: ¡Hasta la derrota, siempre!