Ciertos acrósticos inciertos

Ciertos acrósticos inciertos

Especie de novela por entregas que escarba en los afectos enredosos y desata las pasiones íntimas entre una mujer madura y un hombre sesentón

Capítulo 10

–Ya tengo las entradas para el «Nabucco» del viernes –le dices a Sofía cuando te sirve el café solo, muy cargado y con mucho hielo que le acabas de pedir.
–En seguida hablamos –te contesta en voz baja. Cuando salgas a fumar me escaqueo un minutito, ¿vale?

Poco después continuáis el diálogo a las puertas de la cafetería. Tienes que ir al grano, porque será una conversación forzosamente breve, como todas las que mantienes con ella en su lugar de trabajo.

–La función es a las ocho de la tarde. Podemos vernos a las siete en el Café de la Ópera, cenar en el restaurante Carta de Ajuste y rematar la noche en casa, adonde te espera una botella de Baileys. Como sé que te gusta tomarte un chupito después del postre, la he comprado para ti.
–Iré contigo sí o sí. Ya le he dicho al jefe que no cuente conmigo el día 16, que tengo un compromiso familiar… Llevo tres semanas sin descansar. Hay dos camareros de baja, uno en cada turno. Estoy agotada… ¡Debo de tener unas ojeras…!
–Pues te veo tan deslumbrante como siempre. Incluso diría que tienes el guapo más subido a la cara que nunca.
–Con hombres como tú hasta da gusto tener arrugas –se crece ante tu piropo con airosa coquetería.  Tengo que decirte una cosa, Mario. Mañana a mediodía te envío un correo. Ahora me toca entrar en la cocina para comprobar cómo van con  las meriendas…

Acaba de sellarte los labios con el sutil esparadrapo de un astuto desquite, igual que tú la dejaste con la palabra en la boca al despedirte de ella para poner rumbo hacia Barcelona. ¿Qué te tendrá que contar? Por el mensaje te enteras de que Sofía está compartiendo las notas que le escribes con otra mujer, que le ha esbozado en cuatro o cinco pinceladas la relación que viene manteniendo contigo desde el principio y que, por consiguiente, empezó a hablarle de ti la misma tarde de mayo en que habíais ido juntos a presenciar la zarzuela «Los diamantes de la corona». Y es así como rememoras, en ese preciso instante, cinco meses después, que ante tu invitación personal te insinuase pocos días después la posibilidad de que la hicieras también extensiva a una compañera de trabajo, con el pretexto de que tampoco había asistido nunca a una representación en directo, y a cuya propuesta condescendiste sin oponer reparos y no sólo por un rasgo de elemental cortesía, sino porque te zarandeó la sospecha de que, en caso contrario, ella podría declinar la asistencia por cualquier repentina disculpa.

Sobre aquel extraño episodio, a sólo una semana del espectáculo, habías reflexionado entonces y seguiste haciéndolo después sin llegar a una conclusión definitiva porque te faltaba una pieza para completar el puzle pero, claro, ignorabas que estaba saliendo ya con aquel tipo que luego le dio esquinazo la misma mañana que iban a emprender su viaje de vacaciones, un revelador detalle bien conocido por el círculo cotidiano de Sofía y que tú no supiste hasta mediados de julio, aunque asumes en el acto que custodiada por una compañera resultaría menos arriesgado y comprometedor para ella, si llegaran a sorprenderla a solas contigo en un teatro, una vez que logras desenredar el misterio.

Aun así has fruncido el ceño. Te molesta que la cautela con la que mueves tus fichas haya saltado por los aires, pero cuando analizas cuidadosamente cada frase se te enciende la luz del discernimiento. Comprendes que ella comparta sus confidencias con quien te hace saber que es su mejor amiga y, aunque tú no la hayas visto en tu vida y sólo sepas que se llama como tu difunta esposa, admites que busque un consejo objetivo, imparcial, desprendido, otra visión diferente, cercana y a la vez distante, a pesar de que aprecies, en los últimos párrafos del escrito, que valora el esfuerzo que has emprendido para alejarte de «tu Ballantines», te dé las gracias por mostrarte cariñosamente sincero, alabe tus «toques divertidos de galán diplomático», reconozca que podrías ser el hombre de sus sueños, recalque que serías un buen padre para sus hijos y te repita que sigue sin concebir porque te has fijado en ella cuando muchas damas esculturales «tendrían que estar comprando papeletas y rifándote, como el premio gordo de la lotería, por cogerse del brazo de un caballero atractivo, elegante, culto, carismático y seductor como tú».

Sofía, por qué iba a ser si no, ventila vuestras intimidades con su amiga de confianza, «aunque no todas», lo que te subraya como si intuyera que podrías contrariarte ante esa falta de discreción,  por hallarse en medio de una tremenda encrucijada e, inmediatamente, te congratulas con su forma de proceder porque, ante la disyuntiva de adentrarse en un nuevo escenario sentimental, entrevés que tu añorado deseo puede acabar imponiéndose. Consideras que, en el peor de los casos, estás consiguiendo subir la empinada escalinata por donde, si alguna vez llegas a conquistar el imperio, han de pasar antes los pretendientes al trono. Y aunque te ha declarado que contigo podría sentirse «como una reina», tú te contienes para evitar contestarle que no destrone a su rey antes de coronarlo, y sólo le planteas que «sigáis dando pequeños pasos hacia adelante, cortos, firmes, seguros, de uno en uno», en el correo que tú le envías una hora después para corresponder al suyo.

Lo haces por eso y, en realidad, por algo más. Basta con que perciba que las expectativas crecen demasiado rápido en el ajedrez de tus aspiraciones, para que ella vuelva a enrocarse en el tablero de su comedimiento, en la zona templada, mullida, apacible, más plácida por menos comprometida, de una agradable amistad que vaya desnudándose poco a poco, como lo árboles en otoño.

En el toma y daca de tus cavilaciones, ya sólo te detienes en tres premisas. La primera es que podría regresar con su pareja. Ella no va a postularse, porque sería transigir y darle a entender que quien cede una vez puede consentir un ciento, pero si él se lo pide volverá corriendo a su lado. Te lo confirmó la noche que cenó en tu casa, tan pronto como tú le preguntaste si no sería mejor para aplacar el dolor de su desengaño regar el semillero de la reconciliación y perdonarlo. La segunda tiene que ver con tu enfermedad. No puedes olvidar su gesto desconcertado cuando, en un formidable anuncio que cuelga de una pared del salón, ilustrado con una fotografía llena de cajas de medicinas, grageas y comprimidos de todos los tamaños, formas y colores imaginables, en el que has hecho imprimir con destacada tipografía el nombre detallado de las 53 marcas de ansiolíticos, antidepresivos y antagonistas que has venido ingiriendo desde 1985, leyó un titular inquietante: «4.670 miligramos de psicofármacos al día son algo más de 1,7 kilogramos de pastillas al año. Además de alcohólico soy drogadicto». Ella no dijo nada, pero te bastó con observar su tenso ademán para darte cuenta del azoramiento que le produjo. Tanto, que para relajar el desasosiego le comentaste señalando al cartel:

–¿Habías oído hablar de este medicamento llamado Lyrica?
–¡No, nunca! ¿Por qué?
–Mi afición por la ópera y la zarzuela ha ido «in crescendo» desde que empecé a tomarlo. Debe de ser bastante adictivo.
–Bueno, si tú crees que es por eso… –te contestó encogiéndose de hombros y sin saber qué decir.

Para cerrar la ecuación, queda todavía en la pizarra de tu razonamiento una tercera incógnita. Y esa choca, según tu modo de ver, con la edad. Sofía va a cumplir 41 diciembres y tú 57 octubres. No te había hablado explícitamente de esa notable brecha de 17 años en ninguna ocasión, pero resultaba tan manifiesta que te anticipaste a ponerla sobre el tapete. La condujiste, como cruz de guía en procesión de endolencias, a sopesar las alternativas en términos de cantidad y calidad, a considerar la perspectiva de las convivencias largas y desperdiciadas frente a las menos prolongadas pero intensamente fecundas, llegando incluso a fundamentar la teoría en el ejemplo de tu abuelo, que se casó a los 48 años con una joven de 24, vivieron juntos ocho lustros y tuvieron cinco hijos, porque en la sobremesa de aquella madrugada te mantuviste sujeto a la creencia de que otro milagro generacional era posible y en la convicción de que la historia tiende a repetirse con alguna frecuencia.

Después de enviar la crónica de un concierto al periódico y de charlar con el redactor jefe por teléfono, vuelves a repasar lentamente cada palabra de su mensaje y acto seguido te planteas descubrir todo lo que entre líneas pareces presentir que se oculta. En el enrevesado contexto de lo que habla por sí solo, de lo que se expresa sin tener intención de decirse, adivinas el epicentro del conflicto. Sofía tiene miedo. Un miedo descomunalmente racional y brutalmente humano. No es el temor de la cobardía pusilánime, es la sensatez de la valentía suprema que se resume en pensar, decidir y actuar. Y no sabes si consolarla, compadecerla, bendecirla o darle ánimos porque tú también sientes miedo. Mucho, mucho miedo.

© Misael Campo| 11 noviembre 2016|Ciertos acrósticos inciertos|