Ciertos acrósticos inciertos
Especie de novela por entregas que escarba en los afectos enredosos y desata las pasiones íntimas entre una mujer madura y un hombre sesentón
Especie de novela por entregas que escarba en los afectos enredosos y desata las pasiones íntimas entre una mujer madura y un hombre sesentón
Sigues acudiendo al café. Y aun admitiendo que podrías enhebrar breves diálogos con Sofía, si te sentaras en uno de los taburetes de la barra donde transcurre la mayor parte de su horario laboral, lo evitas deliberadamente. No quieres atosigarla ni parecerle un pelmazo. A estas alturas ya sabes que, además de hermosa, es una mujer inteligente, sensata, precavida, y estás dispuesto a concederle todo el tiempo que necesite para meditar sus decisiones. Por eso has convenido con ella que la incipiente amistad avance con la máxima discreción. Y porque te conoce mucha gente que entra y sale del establecimiento. Has trabajado en la televisión y en la radio, has firmado centenares de columnas en los periódicos, has asesorado a gobernantes, banqueros, empresarios y artistas en asuntos de comunicación, pero en el fondo guardas bajo siete llaves tu intimidad. Eres, después de todo, un tipo reservado fuera de tu reducido círculo de confianza.
Siempre que puedes te sientas a la misma mesa y lees la prensa o los libros que llevas bajo el brazo. Apenas, una muletilla cuando llegas:
–Buenos días nos dé Dios.
Cuando ella te devuelve el saludo, a veces añades para arrancarle una sonrisa:
–Y la virgen de Covadonga, concebida sin pecado ni mancha.
Luego, otro chascarrillo cuando te despides:
–Próximamente… en esta misma sala.
Si la ocasión es propicia, entremedias le preguntas qué tal está y cómo van sus cosas o ella te lo pregunta a ti. Los días se suceden joviales; pasan veloces, cotidianos, monótonos, igual que circulan, sin detenerse en las estaciones de pasajeros, los trenes de mercancías hasta llegar al final del trayecto. Pero te mantienes alerta. A tu lado, el martín pescador que otea desde la rama antes de arrojarse sobre la presa, atraparla de un picotazo y llevársela al nido, nunca pasaría de vulgar aprendiz. Entre página y página, no le quitas el ojo. Tratas de buscar en un gesto fortuito o en un parpadeo fugaz algún atisbo que presagie que el afecto pueda, tal vez, desembocar en un amor compartido, en una relación duradera.
Te encandila el perfil de sirena dibujado en su rostro de tez morena, la larga melena rizada que esquía por los hombros hasta la espalda, cada una de sus esbeltas curvas macizas, todas las falanges de sus manos, donde ya no reluce un anillo de compromiso que brillaba en el dedo anular la primera vez que la viste, hace ya más de un año…
No has vuelto a charlar detenidamente con ella desde la cena de finales de agosto. Se acerca el día de su santo y tramas una sorpresa. Maquinas enviarle un proyectil que haga estremecer, una a una, todas sus fibras corporales, que impacte como un obús en el centro mismo de su eje de flotación. ¿Cómo lo harás? Regresas a tus tiempos remotos de joven publicitario y comienzas a estrujarte la mollera. Sobre una servilleta garabateas con letra diminuta los primeros conceptos atropellados que parecen acudir en tu socorro, los encierras en rectángulos desordenados y los entrelazas con flechas temblonas. Te has sacudido tres miligramos de lorazepam, pero tu pulso clama por un trago de güisqui para calmar la brutal abstinencia de quince días de secano. Buscas con tu mirada la de Sofía, levantas el vaso y, a una señal, le pides que te sirva otro café solo y con mucho hielo. Media hora más tarde, te vas. No puedes ni imaginarte que en casa te esperará una larga noche con Carmen y que, poco después, también asomará Lucía.