Ciertos acrósticos inciertos
Especie de novela por entregas que escarba en los afectos enredosos y desata las pasiones íntimas entre una mujer madura y un hombre sesentón
Especie de novela por entregas que escarba en los afectos enredosos y desata las pasiones íntimas entre una mujer madura y un hombre sesentón
Amanece el domingo. Has tardado en conciliar el sueño. Pero a las siete de la mañana saltas de la cama, fumas un cigarrillo y te preparas un buen tazón de café. Luego le tecleas: «Muchas gracias, querida Sofía, por tu visita, tu cortesía y tu franqueza. Muchas gracias por tu ternura y tu dignidad. Muchas gracias por ser como eres. Muchas gracias por ser, sin más. Mi mayor deseo es que vuelvas a ser feliz. Hoy, además de adorarte, te admiro. Un besín, mc».
Para despabilarte de la somnolencia y contrarrestar el tañido monótono de las campanas que tocan a misa desde la iglesia de San Isidoro pones en tu antiguo gramófono el vinilo de una «Luisa Fernanda» de 1962, que aceptaste como pago en una timba de naipes de tus años de universitario. Es una alhaja en la batuta de Ataúlfo Argenta, donde relucen María de los Ángeles Morales, Fuensanta Solá, Carlos Munguía y Manuel Ausensi pero, con el correo electrónico, le adjuntas un vídeo de YouTube del célebre dúo entre la joven protagonista que cede su nombre a la obra y el rico hacendado extremeño Vidal, con Nancy Fabiola Herrera y Plácido Domingo en la brega melódica, porque es como un traje cortado a la medida que narra con palmaria certitud el dilema de tu relación con Sofía.
A mediodía llega su respuesta: «Me ha gustado el vídeo un montón. ¡Ni qué lo hubieran hecho a propósito para nosotros! Para mí ha sido muy agradable y estoy encantada de conocer muchas más cosas de ti. Sabes que me acuerdo de todo lo hecho, dicho y vivido ayer. Fue una velada espectacular, en un marco incomparable y con una persona muy especial para mí. Tú también te mereces ser feliz, disfrutar de la vida y tener a tu lado a alguien que sepa valorar tanta amabilidad, cariño y educación. Me tendrás como amiga y me gustaría seguir disfrutando de tu compañía. ¡¡¡Y más después de abrirme la puerta de tu corazón… Y de tu casa!!! Besos. Sofía».
El martes acudiste a verla por la tarde, como todos los días desde hace dos meses, pero te marchaste en seguida de la cafetería.
–¿Ya te vas, Mario? ¿Cómo tan pronto?
–Estoy agotado. Fue una noche larga, complicada y difícil…
–¿Qué pasó? –te interrumpe.
–De madrugada me llamó por teléfono un viejo colega, un tipo alcohólico como yo. Había discutido con su mujer, no quería volver con ella, estaba muy alterado, y temía echar por tierra casi doce años de sobriedad mantenida. Le dije: «Espera, no lo hagas. ¿Adónde estás? Vale. No te muevas de ahí. Llegaré en diez minutos. Espera, por favor».
–¿Y?
–Logré detenerlo, aunque no pude conseguir traérmelo a mi casa. Le di un par de pastillas de lorazepam que siempre llevo conmigo, pedimos unas botellas de agua mineral y conversamos horas y horas en uno de esos clubes de carretera que están abiertos hasta el amanecer. A las nueve lo llevé a la clínica que dirige un psiquiatra a quien conozco desde que eramos niños. Acabo de hablar con él. Parece que pasó el nubarrón…
–¡A eso le llamo yo tener buenos amigos! –te dice Sofía con los ojos vidriosos, como si un llanto súbito pugnara por irrigar sus pestañas.
–Hoy por él y mañana por mí. Si nos metemos un trago garganta abajo, uno solo, ya no podemos parar. Entre otras mil sinrazones, bebemos hasta perder el control porque no sabemos manejarnos ante ciertos conflictos emocionales –le replicas, sin estar seguro de si las lágrimas que intenta reprimir tienen que ver con la angustia que le produce tu relato o si se deben a que podría estar empezando a mirar al fondo del corazón del hombre que pretende anidar en el suyo.
–¡Me cuesta tanto entender lo de la dichosa bebedera! Será algo parecido a lo que les sucede a los que meten su dinero en las maquinas tragaperras hasta quedar desplumados o a los que no pueden dejar de fumar aunque se estén pudriendo, ¿no?
–Es parecido, sí, aunque no del todo. Ya te hablaré de ello con calma. Tengo que irme. Estoy, literalmente, molido. No he dormido nada. Buenas noches y, ya sabes, próximamente…
–En esta misma sala –se anticipa.
–Exacto. Ah, y por cierto, ¿por qué eres tan despiadadamente encantadora? Ya me lo dirás cuando volvamos a vernos, estaré de viaje toda la semana, pásalo bien –le dices sin darle tiempo a que te responda.
Ya iría para cuatro días que le habías enviado un correo que titulaste: «Solo te diré dos palabras…» y que continuaba diciendo: «Te quiero. Bueno, para serte enteramente sincero han de ser tres: Te quiero mucho. Y, ya metido en harina, para no mentirte en absoluto, tendré que escribir una más: Te quiero mucho mucho»; y te extrañaba no haber recibido todavía una contestación suya ni poder vislumbrar el porqué de un mutismo tan sepulcral. Desde entonces no habías vuelto a poner los pies en el café, porque te habías marchado a Barcelona a presenciar una representación operística, lo que hizo que tus recelos fueran creciendo como un mar embravecido contra el espigón.
Quedó atrás tu escapada catalana. Has regresado a Oviedo el domingo, en el último vuelo que sale del aeropuerto de El Prat, y te has levantado algo más tarde de lo habitual. Este lunes tenías que acompañar a tu madre al médico. Empezabas a trabajar en tu novela autobiográfica a las seis de la mañana y lo hacías ininterrumpidamente hasta las doce del mediodía. Pero hoy saldrías de casa a las diez y la rutina tomaría un rumbo distinto. Llenaste minuciosamente la pipa y, antes de ponerle oídos a Franz Schubert, te sentiste atrapado en un silencio sobrecogedor. El silencio en su callada tenaz te comunicó una impenitente duda. La duda te arrastró al paredón de una abrumadora incertidumbre. La incertidumbre arribó como un rayo a tu estremecida cabeza. La cabeza vio caer sobre sí el negro capuchón que te ajustó sin misericordia un infame verdugo. El verdugo te disparó a quemarropa cuatro condenadas preguntas. Las preguntas eran estas: ¿Por qué insondable motivo no había contestado a tu nota? ¿Te habrías pasado de listo con tu escrito y estarías ejerciendo una excesiva presión que ella no podría soportar? ¿Le molestaría, tal vez, que la tildaras con socarronería de «despiadadamente encantadora» y deberías de haberte mordido la lengua en lugar de bromear dejándola en ascuas? ¿Sería tu condición de alcohólico lo que la amedrentaba, a pesar de que no te ha visto volver a beber, y pretendería mantener una distancia más prudencial después de contarle detalladamente lo que te había acontecido en un asqueroso lupanar con el amigo que estuvo al borde de la recaída?
No habías abierto el ordenador porque no ibas a escribir aquel día y por tanto no echaste un vistazo a la bandeja de correo electrónico, como hacías cada mañana aunque no respondieras a nadie hasta la una de la tarde, a no ser que la urgencia o la importancia del caso te empujaran a realizarlo sobre la marcha. De modo que, impelido por la costumbre y después de vestirte para acudir a la consulta médica, encendiste tu Fujitsu portátil y te encontraste, por fin, con el mensaje de vuelta de Sofía.
Fue verlo y abalanzarte sobre él con la misma prisa que ejercen sobre el ruedo los toreros mediocres, esos matarifes de poca monta que despachan al miura con dos pases embarullados y un miserable bajonazo, con la idéntica precipitación que se gastan esos cacos de baja estofa que revientan las cajas registradoras en un santiamén. Primero lo leíste de corrido y reparaste en que había sido enviado a la una y media de la madrugada. Después lo volviste a leer una vez más, masticándolo despacio, como se saborea un tocinillo de cielo, y a ritmo «molto moderato», como el primer movimiento de la «Sonata para piano en si bemol mayor», la última y una de las más delicadas joyas del compositor austriaco que se deslizaba suavemente por los altavoces de tu escritorio. Ahora sí, ya prestas la máxima atención a lo que te cuenta: «Perdona por el retraso. No sabía cómo reaccionar porque nunca me ha pasado algo semejante. Me has puesto la carne de gallina y los vellos de punta. Esas dos, tres o cuatro palabras (que con dos son suficientes) me dan mucho que pensar y me causan un gran sentimiento hacia ti. Dices que me quieres y mucho… esas palabras esperaba oírselas a quien tú sabes y nunca me las dijo… Me siento feliz y orgullosa de tenerte aunque, por el momento, sólo sea como muy buen amigo y algo más… Dulces sueños, Mario, QUERIDO Mario… Y ya aprovecho para darte los buenos días. ¿Cuándo vuelves? Ya tengo ganas de verte. Un besazo. Sofía».
Pero lo que más te conmueve es asimilar el verdadero significado de la palabra QUERIDO, por si fuera poco en mayúsculas, antes y después de tu nombre, al final de la misiva. Y si al primer vistazo notaste como se te aceleraba bruscamente el ritmo cardiaco, en la reposada segunda lectura ya no pudiste contener un respingo electrizante que te sacudió con la fuerza de un vendaval. Nunca hasta entonces te había expresado tan abiertamente sus sentimientos, y aun sabiendo que las heridas amorosas tardan su tiempo en restañar, si es que llegan a cauterizarse del todo sin dejar cicatrices en la anatomía resentida de las mujeres traicionadas por hombres con pocos escrúpulos, te reafirmas en seguir intentando colmarla de felicidad, con independencia de que se decida a recoger o no el guante del arduo compromiso que le dejaste caer la noche que había estado en tu casa.
De modo que, antes de salir, le escribes rápidamente un texto que vuelve a evidenciar una palpable declaración de tus intenciones: «Pensé que habías enmudecido para siempre. Anoche regresé de viaje. Me corrijo: No eres despiadadamente encantadora, eres encantadoramente adorable. Y tengo la gran suerte de tenerte toda para mí, en lo más elevado de mi pensamiento y en lo más hondo de mi alma, aunque tú no quieras tenerme a mí del todo… Pasaré a verte esta tarde, guapetona. Hasta pronto».