Ciertos acrósticos inciertos

Ciertos acrósticos inciertos

Especie de novela por entregas que escarba en los afectos enredosos y desata las pasiones íntimas entre una mujer madura y un hombre sesentón

Capítulo 3

Cuando Otelo está estrangulando a Desdémona suena el teléfono. Congelas el vídeo en el punto culminante de la ópera y descuelgas. Al otro lado, una mujer pregunta por Mariana. La has reconocido por su timbre de voz y su peculiar dejo argentino.

–No soy Mariana, soy Mario ­–le dices. Te pide ayuda. Diez minutos después le abres la puerta.

La conociste hace dos lustros en un prostíbulo de Oviedo. Nació en Rosario y llegó a la ciudad huyendo de la miseria y los malos tratos. Le ofrecieron un trabajo en hostelería, pero cayó en la trampa de tantas incautas primerizas con el señuelo de un contrato laboral falso de toda falsedad. La forzaron a prostituirse para pagar el pasaje y el cuchitril que le alquiló un clan de proxenetas con pocos escrúpulos. Le sufragaste la deuda y se creyó en la obligación de darse a ti para zanjar el favor. Acababa de cumplir 26 años.

–No tienes que hacerlo para compensarme –le aclaraste. –Lo único que me mueve es sacarte del apuro. Ya no le debes nada a esa gentuza y mucho menos a mí. Búscate otra manera de salir adelante y aunque tengas que soportar estrecheces serás libre.
–Esos cuatro juepuchas, boleteros y chupados, que quieren «cojer» sin forro me tienen podrida, ¿viste? Vos sos un señor…

Ibas al burdel a dar rienda suelta al impulso inaplazable del empedernido bebedor solitario en el que te has ido transformando. Con la crisis, la clientela apenas sumaba media docena de indecentes como tú. Sin entrar en juicios morales, en aquel lupanar elegante podías consumir todo el güisqui que quisieras trasegar hasta el amanecer y fumar en cómplice clandestinidad todo el tabaco que llevaras contigo sin que nadie interrumpiese tu codiciada introversión. Invitabas a las muchachas a una botella de cava, pero a condición de que no te incordiaran. Cuando acudían a agradecértelo con un par de besos y te ofrecían compañía, solías puntualizar: –Sólo he venido a tomarme unos tragos. Gracias por vuestra amabilidad.

Algunas veteranas te conocían de antiguo, de cuando te marchabas con una chica distinta cada alborada y a cada triquitraque. Pero eso ya había pasado a la historia. Sin embargo, la noche que Carmen se acercó a ti cerraste el cuaderno de notas y aceptaste que se sentara a tu lado. Antes de que le sirvieran un cóctel sin alcohol, que solicitaste para corresponder a su cortesía de venir a saludarte, ella le pidió su bolso al camarero, quien lo había confiscado bajo la barra, como sucede con los pasaportes y las pertenencias de las mujeres que tienen cuentas pendientes con los emporios de la lujuria, y sacó un ejemplar de «Rayuela». Conocía al dedillo las obras de Cortázar y te reíste con las divertidas anécdotas que te relató del escritor, como si las hubiera vivido con él en sus propias carnes juveniles. Por su lenguaje culto y fluido, salpimentado de sabrosa jerga lunfarda, adivinaste que no te mentía, que le gustaba la buena lectura, que no se estaba valiendo de una estratagema para chulearte una maldita copa.

Fue así como Carmen se trocó en Carmela y mantuvisteis una relación corta e intensa, como esos besos furtivos de la adolescencia o esos orgasmos bien sazonados de la edad madura, como esa cadena de espasmos incontrolables que hace perder los estribos hasta a las parejas más recatadas, si se ven impelidas por la urgencia de los ardores accidentales. Poco a poco, la bebida volvió a someterte con despotismo, decidiste ingresarte en un psiquiátrico, te despediste con un telegrama y le perdiste la pista. Para desintoxicarte es aconsejable romper con el pasado y empezar de cero, te repetías para tus adentros en el avión que te condujo a Madrid. Y cuando volviste del hospital, el local había cerrado e imaginaste que habría puesto rumbo a Argentina.

–¿Qué sucede? –Le preguntas cuando atraviesa el umbral.
–Me agarró un ataque de concha por una gilada…

Entonces te cuenta que poco después de marcharte a la loquería ella abandonó el club y comenzó a ganarse la vida cuidando niños. Que harta de tener que medirle el aceite a tantos hinchapelotas acabó enamorándose de Lucía, una colega suya a la que tú habías visto dos veces en aquel antro de lujo, y que desde hace once meses están viviendo juntas en el piso adonde la paraguaya instaló una peluquería para perros y gatos. Que por la tarde salió de la ducha y se quedó traspuesta mientras veía la televisión. Que por gastarle una broma, la muy jodona le puso un minino sobre el regazo, que ella hizo un movimiento brusco, el felino se asustó, se coló por el escote del albornoz y le arañó los pechos. Que regañaron, se vistió, dio un portazo y se largó. Que iba a telefonear a Mariana para pasar la noche en su apartamento, pero sin darse cuenta marcó tu número. Que Lucía la llamó dos veces al celular, pero no le contestó. Que está muy enfadada y no quiere dar su brazo a torcer porque se merece un escarmiento por pelotuda. Que a pesar de la bronca, ella está loca por Lucía y Lucía está loca por ella…

Carmela continúa muy alborotada y deja al descubierto sus senos rasguñados con la misma provocadora naturalidad que te los ofrecía mientras compartisteis el mismo lecho.

–Mirá…
– ¡Pues menuda bromita, la del gatito!

Le pides, por favor, que se cubra, la acompañas al baño, le das un tubo con pomada y vas a la cocina. Le preparas una tila, le ofreces una camiseta y le sugieres que se acueste en tu cama, la única que hay en la casa, como ella recuerda perfectamente.

–¿Y vos?
–Yo tengo que escribir unas cosas sobre música. Tranquila. Ahora ponme con Lucía –le indicas sacando el teléfono móvil del bolsillo de su pantalón vaquero.

Hablas con ella desde el salón y vuelves al dormitorio para comunicarle a Carmela que el asunto está arreglado. Que su pareja te ha dicho que no volverá a repetirse, que le pide disculpas, que se arrepiente de veras. Y que vendrá a buscarla a las seis de la madrugada para llevarla en el coche al chalé de La Fresneda en donde se ocupa de dos pequeños mellizos desde que amanece hasta las cuatro de la tarde.

–¿Y vos­? –insiste.
–No voy a profanar vuestros lazos de pareja y, mucho menos, ahora que parece que he conseguido calmaros los ánimos a ti y a tu chica. ¡Está visto qué la capacidad que tienes para asombrarme no conoce fronteras ni límites! Pero no, tú no vas a traicionarla y yo tampoco me siento capaz de hacerlo en estas circunstancias. Si acabo pronto la crónica, me tumbaré un rato en el sofá del salón. No te preocupes. Duerme y descansa, Carmela. Mañana las aguas volverán a su cauce, ya verás.

–Sí, vos sos un señor. Sos todo un señor –te susurra con dulzura antes de cerrar sus cristalinos ojos verdes, abstemios, llorosos, fatigados.

Y tú, bastante confundido por el insólito embrollo, no puedes quitarte de la cabeza a Sofía ni dejar de pensar en el regalo que debes hacerle el día de su santo.

© Misael Campo| 23 septiembre 2016|Ciertos acrósticos inciertos|