Ciertos acrósticos inciertos
Especie de novela por entregas que escarba en los afectos enredosos y desata las pasiones íntimas entre una mujer madura y un hombre sesentón
Especie de novela por entregas que escarba en los afectos enredosos y desata las pasiones íntimas entre una mujer madura y un hombre sesentón
–Hemos llegado, es aquí –le dices al pasar bajo el dintel de la puerta y al encenderse de modo automático los tres óculos del espacioso salón que derraman su luz sobre otros tantos pedestales de hierro envejecido, labrados a conciencia por un forjador artesano y coloreados a mano por una artista pintora.
Las peanas están escoltadas por una fotografía vertical de gran tamaño, anclada a la pared de estuco veneciano a medio pulir, y por una lámina de vidrio traslúcido que desde un soporte que nace a noventa centímetros del suelo de castaño se encarama bien erguida hasta el perfil que la recibe en el techo de escayola.
–¡Vaya… Esto es lo más parecido a un museo! –exclama boquiabierta Sofía, quien clava las pupilas en el retablo de cinco metros de largo por cerca de tres de alto, ante el inesperado fogonazo de un escaparate lleno de recuerdos y antigüedades que conservas como reliquias.
–He tratado de reflejar los dos meridianos que conforman el pequeño universo de mis apegos irrenunciables –le comentas restándole importancia a ese frontispicio que delata la miga de tus pasiones igual que el chiflo revela el paso del afilador, mientras la ayudas a quitarse la casaca y a colgarla en el perchero. –Como sabes, esos dos hemisferios son la palabra y la música; el primero por pura vocación y el segundo por honrado divertimento.
En el capitel del centro se pavonea encimada en su tapa tu anciana máquina de escribir Underwood. Es un modelo que vio la luz en 1900 y por cuyo carro sobresale la copia del primer acróstico que has redactado para ella, aquel que empezaba diciendo «Sabré esperar a que tu herida sane…», y que has colocado adrede en el rodillo de caucho para que Sofía lo reconozca al dar el primer vistazo. En su base has previsto una cavidad que contiene plumas, mangos, plumines, papeles secantes y hasta la pizarra que llevaste por primera vez al colegio de las monjas de la Milagrosa cuando cumpliste cuatro años de edad. A su lado se enseñorea una imagen donde resplandecen una estilográfica, un tintero y un folio con frases ininteligibles por desenfocadas. Sobre la plancha cristalina has pegado recortes de algunos de tus artículos y columnas para la prensa, una cabecera de «La Voz de Asturias» y otra de «El Espectador», galeradas de texto de un libro que tu editor tituló «Todo lo que hay que saber para cambiar de siglo», una copia de un testimonio de agradecimiento que enviaste a las enfermeras del hospital tras uno de tus frecuentes ingresos por pancreatitis, la foto de uno de los sanatorios psiquiátricos en los que te has internado voluntariamente para quitarte de la bebida o un recibo de la Casa Cural de Cali, adonde te alojaste durante un mes cuando apadrinaste a un niño colombiano y quisiste comprobar sobre el terreno el buen fin de la institución benéfica codo a codo con su fundador.
En el de la izquierda descuella el primer «Diccionario de la lengua castellana compuesto por la Real Academia Española, reducido a un tomo para su más fácil uso» del año 1780, encumbrado por una foto que concilia varias novelas antiguas con un Longines remoto. Ahí conviven también, en silenciosa comitiva, otros tesoros léxicos, glosarios diversos y de distinta procedencia, tratados de ortografía y gramática, trabajos periodísticos de colegas que admiras, un pregón de Faustino F. Álvarez, un destacado de Tino Pertierra, un breve de Erasmo, un suelto de tu sobrino Diego, un nombramiento de Joaquín de la Buelga, un ejemplar de «El parvulito» –que calculas debió de ser el primer manual de enseñanza que tuviste en tus manos–, otro de la «Enciclopedia Álvarez», cuadernos de caligrafía de tu época de estudiante de Bachiller, libros de viejo, «La vida es sueño» de Calderón de la Barca, «Comedias y entremeses» de Miguel de Cervantes, «El burlador de Sevilla» de Tirso de Molina, relojes de bolsillo con su leontina dorada, unos anteojos del bisabuelo que tomó en herencia tu abuelo y llegaron a ti por idéntico recto derecho, una pipa de tu difunto padre y una bolsa de tabaco Borkum Riff, cartas y notas en varios idiomas de algunas mujeres que te amaron bien y a las que tú amaste mucho, y un revoltijo de postales, telegramas, saludas, felicitaciones o pésames que has recibido de tus allegados.
En el situado a la derecha, por fin, has levantado un altar al arte músico. El emérito violín del lutier parisino Blondelet, de 1925, se yergue cual torre Eiffel en su desvencijado estuche de madera, donde reposan dos arcos de crin de caballo con los entorchados de plata y una cajita de cartón con brea amarillenta para facilitar la fricción de las cerdas sobre las cuerdas. Elegante como un vals de Johann Strauss, se envanece al lado de una instantánea fotográfica que muestra un pentagrama y una pajarita en feliz connivencia compositiva, y galantea con carteles y programas de mano, abonos y localidades de ópera y de zarzuela, una partitura original firmada por Baldomero Fernández, una crítica de un concierto sinfónico con la rúbrica de Pablo Álvarez «Siana», una tarjeta manuscrita, –la última en llegar al trono–, firmada por Lola y Teresa con un escueto pero emotivo: «Gracias por comprar la música para nosotras», fotos de artistas internacionales con los que has tenido cierto trato como Mirella Freni, Jeannette Pilou, Fiorenza Cossotto, Luciano Pavarotti, Jaime Aragall, Plácido Domingo, José Carreras (cuando aún se lo conocía como José María Carreras), Cornell MacNeil, Paolo Washington, Ivo Vinco… o con los que has trabado lazos de afecto sincero como la soprano Beatriz Díaz, que te conmovió hasta las lágrimas la noche que puso en pie al teatro Colón de Buenos Aires con el mejor «O mio babbino caro» que has escuchado en directo jamás, o como el maestro Óliver Díaz, quien ha tenido el colosal detalle de regalarte una batuta que también ocupa un lugar preeminente en el pedestal y, cómo no, el primer microsurco que has tenido de «La bohème», uno de tus melodramas predilectos, que compraste a los dieciséis años con un dinerillo que te pagaron en el diario «Región» por unas entrevistas, las más bisoñas de tu carrera, que realizaste a Maddalena Bonifaccio, Ángeles Gulín, Nunzio Todisco, Vicente Sardinero, Juan Pons, Bonaldo Giaiotti y muchos otros cantantes líricos de los años setenta y de una época gloriosa en que las temporadas ovetenses pasaban a la posteridad con letras mayúsculas.
–Por cierto, Sofía. Le he dicho al encargado de La Genuina que nos traigan la cena a las once de la noche. Así podremos tomarnos tu primera visita a estos lares, que cómo ves también son los tuyos y de alguien más… –le sueltas bromeando mientras le señalas un murete de chapa oxidada, que separa tu escritorio del resto del salón, y donde lo has subrayado con una tiza.
–¡Ahí va! Esto sí que no me lo esperaba –te interrumpe, mientras lee en voz alta: «¡Bienvenida, Sofía! Esta es tu casa… y la de Bankinter». –Verdaderamente, Mario, estás en todo. Eres lo que se dice un hombre muy ocurrente y muy detallista. Nunca dejas de sorprenderme…
Pues date. Como si tus dotes de caballerosa perspicacia se despeñaran bruscamente por una rampa enfangada de lodo, incurres en un grandioso patinazo cuando retomas el hilo de la conversación.
–Te estaba aclarando que he retrasado media hora la cena para poder tomarnos nuestra cita con un poco de cama antes…
¿Cama? ¿Cómo he podido decir cama? ¡Joder, joder, joder… qué metedura de pata más garrafal! –te maldices atónito para tus adentros.
Y sin tiempo para reflexionar en si has caído en una despiadada traición del inconsciente o en una ironía alumbrada por tu mordiente sentido del humor, balbuceas con torpe atropello y carraspeando: –Calma, calma, he querido decir calma, Sofía. Un poquito más de calma… antes de que nos envíen el menú. ¡En qué estaría pensando yo…! –te justificas para corregir la pifia, negando a medio ganchete con la cabeza, quitándote las gafas de tu cara de idiota y poniéndole ojitos de cordero degollado.
(EL VIERNES, DÍA 28, CAPÍTULO 8)