«No soy mejor que cualquier otro, pero soy mejor de lo que era», escribió John Cheever en 1976 cuando abandonó la bebida para siempre. Como si de un milagro se tratara, hoy puedes afirmar lo mismo. El alcohol ha quedado atrás, la serenidad necesita un plazo más largo. Por lo menos otros seis meses. Nada de sacar pecho ni ponerse chulo. La máquina de pensar sigue averiada, excepto para intentar doblegarte con un montón de trampas. Las conoces. Prohibido arriesgar, improvisar o tantear el señuelo de un engañoso consumo moderado. Sería como pegarte un tiro. Añadamos un año a mayores, que el tiempo es sabio y médico. No hay prisa. Mientras escampa, basta con ir tirando. Sobrevuela la última oportunidad, el órdago final de la partida. Es ahora. O no lo será nunca.
¡Lo siento por ti, Ballantine’s!
¡Secaos las lágrimas, cocodrilos!
¡Es el finiquito, estúpidos!
Háztelo mirar. Verás qué poco te queda…
¡Id corriendo a mi casa! He dejado la ropa en lejía
Mucho peor que morirme fue mi forma de matarme
No fui nadie y nadie soy
De tumbo en tumbo vine a parar a la tumba
Rema, rema… Tú también morirás en la orilla
Y colorín colorado…
Arrojad mis cenizas en Estaca de Bares, que a lo mejor encuentro alguno abierto…
¡Hatajo de cotillas! Esta vez no estaba de parranda…
Ya no me daba la vida
Dejaos de letanías y cantadme de una vez el brindis de «La Traviata»
¿Quién dijo que no tenía donde caerme muerto?
Lo siento. No estoy para nadie
Oferta irresistible: restos a la venta en el interior
Mi existencia fue un desastre… hasta que dejó de serlo
¡Lárgate! Te dije que sólo te amaría mientras viviera
Se acabó lo que se daba
Cuando no puedes sostenerte de pie lo mejor es tumbarse a la larga
Apagado y fuera de cobertura
Me hicieron en un polvo… y en otro polvo me deshago
Siempre tuve vocación de calavera
¡Hasta aquí hemos llegado!