18 de diciembre de 2020. El teatro escucha sobrecogido «Un bel dì vedremo», el primer escollo de una partitura enrevesada que ya no dará tregua a la soprano hasta el desenlace del último acto. Al final del aria, la ovación del público detiene la representación. Un riachuelo de lágrimas brota por los ojos del hombre sencillo que está a tu lado, y se cuela por el borde superior de su mascarilla. Ese hombre es Ricardo Díaz, el padre de la «sopranísima». Los aplausos arrecian y, aunque queda mucha ópera por cantar, le felicitas. Él no puede articular palabra, retira el pañuelo de la cara, te mira complacido y le dices: «Esta noche abrimos la puerta grande». Ricardín asiente con la cabeza. Sobre el escenario, Beatriz Díaz paladea el minuto más emotivo, más intenso, más largo e inacabable de su vida artística. Lo que vino después fue la consumación de una lección magistral de canto, una deliciosa «master class» de las que sientan cátedra, como pocas veces has escuchado en cincuenta años en el Campoamor, que acabó aclamándola rendido, puesto en pie y por unanimidad. Estuvo tan portentosa que a algunos incrédulos tuviste que decirles a la salida lo mismo que te permites repetir hoy: «Vedi? Butterfly è venuta!».