Para volver al pabellón de alcohología cruzabais por el patio del sanatorio y atravesabais los barracones del holocausto. A los ventanucos con barrotes se asomaban los rostros blanquecinos, babeantes, grotescos, desencajados, los ojos aplastados en las cuencas o despeñados fuera de las órbitas, las quijadas pútridas, las bocas melladas, los mentones arratonados estirándose hasta la barriga, las muecas aterradoras gritando un aquelarre de ladridos cuando la tarde se enterraba en Cantoblanco. La jauría inocente, bestialmente humana e indefensa, purgaba la perpetua de sol a sol, despojada con crueldad de un piadoso «requiescat in pace» hasta el aguijón crepuscular en la yacija. Entonces, la sedación enardecida decretaba un silencio de iglesia en los camarines sin luz del campo prisionero. Una madrugada, que el fantasma de un lobo aulló por sorpresa su resurrección en la madriguera −los barbitúricos, a veces, no tienen puntería− y una loba espectral se revolvió en la guarida para gritar su súplica a los cielos tiránicos, tú saltaste del camastro, te abrochaste el sudario y huiste a escondidas de la mazmorra, bajo los faros rojos de las alarmas y la luna de Madrid por san Isidro. Tras mudar la mortaja en el Meliá Castilla, en Pigmalión repasaste una por una tus mataduras. Llegaste a pensar que aún podrías agarrarte a un clavo ardiendo, pero al amanecer te abandonaron la voluntad y la utopía. Entonces te subiste a un avión en Barajas y te fugaste a Medellín con tu ilustre cadáver camuflado en la maleta de una curda salvajemente lúcida. Mientras surcabas el Atlántico recordaste con pesar a los reclusos del manicomio y te ametralló en la sien una verdad elemental, una certeza que iba a perseguirte hasta los restos: tú también estabas loco de remate.