Ciertos acrósticos inciertos

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Capítulo 4

Hoy es el día de la onomástica de Sofía y ayer tuviste que trasvasar varias dosis adicionales de cafeína para agarrarte a la rutina de tus tempranos amaneceres. Estabas cansado, habías pasado la madrugada en duermevela y tenías que estimular las neuronas descalabradamente somnolientas, tras el chocante vendaval que desencadenó dentro de ti el reencuentro con Carmela

© Misael Campo| 30 septiembre 2016|Ciertos acrósticos inciertos|

Capítulo 3

Cuando Otelo está estrangulando a Desdémona suena el teléfono. Congelas el vídeo en el punto culminante de la ópera y descuelgas. Al otro lado, una mujer pregunta por Mariana. La has reconocido por su timbre de voz y su peculiar dejo argentino. –No soy Mariana, soy Mario ­–le dices. Te pide ayuda. Diez minutos después le abres la puerta. La conociste hace dos lustros en un prostíbulo de Oviedo.

© Misael Campo| 23 septiembre 2016|Ciertos acrósticos inciertos|

Capítulo 2

Sigues acudiendo al café. Y aun admitiendo que podrías enhebrar breves diálogos con Sofía, si te sentaras en uno de los taburetes de la barra donde transcurre la mayor parte de su horario laboral, lo evitas deliberadamente. No quieres atosigarla ni parecerle un pelmazo. A estas alturas ya sabes que, además de hermosa, es una mujer inteligente, sensata, precavida, y estás dispuesto a concederle todo el tiempo que necesite para meditar sus decisiones.

© Misael Campo| 16 septiembre 2016|Ciertos acrósticos inciertos|

Capítulo 1

Sentados a la mesa del restaurante Del Arco pides agua sin gas y le confiesas que eres alcohólico. Por primera vez vas a evitar tus raciones generosas de güisqui ante la mujer que te ha servido decenas de lingotazos en el último año, desde que la conociste en el café donde trabaja como jefa de barra. Y aunque habías procurado no sobrepasarte nunca delante de sus ojos cordiales, le preguntas si acaso lo sospechaba, cuando el camarero pone sobre la mesa las cartas para elegir la cena.

© Misael Campo| 09 septiembre 2016|Ciertos acrósticos inciertos|

Preámbulo

Te acuerdas de ella. Enciendes la pipa y escuchas «Nabucco». La echas de menos. La quieres, la amas, la adoras. Sin poder evitarlo. Como un trago de güisqui condujo a otro trago de güisqui y a otro y a otro y a otro por tus curtidas tragaderas ebriosas. Lo admites. Te acuestas embebecido en su estela y amaneces empapado de su nostalgia. ¿Cómo es posible?

© Misael Campo| 01 septiembre 2016|Ciertos acrósticos inciertos|