Precauciones, precisamente, no estaba tomando en este viaje; ni con mi coche, ni con mi pasado… Decidí parar a tomar un café y a repostar gasolina. Aparqué en el área de descanso. —¿Te quieres matar, Karen? ¿Qué diablos te pasa? —me reprendí.
No quería volver a pensar en Noel; intentaba salir de una espiral mortal que no podía controlar. La noche anterior era una prueba de ello. ¿Qué podía hacer? Sería un auténtico escándalo saber que la hija del diplomático más influyente en las relaciones comerciales entre España y Francia estaba embarazada de un camarero de playa. Correrían ríos de habladurías entre la aristocracia. Los años de institutriz francesa, los caros internados exclusivos con lo más selecto de la alta sociedad, la esmerada educación, los viajes por Europa, América… y ¿un camarero de un chiringo de playa? ¿un delincuente atractivo que ya había pisado la cárcel? ¿quién me podría creer? Afectaría de lleno a las actividades sociales de mamá y desde luego a la intachable carrera diplomática de papá. La rica heredera: ¡embarazada! Estaba en el borde de un precipicio. —¿Por qué, Noel? ¿Por qué? —me pregunté de nuevo. Aprovechaste mi rotunda falta de experiencia, mi coqueta ingenuidad. Sabías que jamás podría denunciar la violación; lo supiste bien desde el primer día y te ocupaste de que nos vieran charlar y reír juntos. Nadie cedería a la idea de una agresión sexual, camuflado detrás de tu aparente normalidad. Todos levantarían una copa de cava envenenado por el deseado desliz de Karen, la niña bien.
Acabé mi café. Dudé unos segundos… ¿era buena idea continuar este viaje improvisado a la casa de la playa? —¿Por qué no? —me dije. Noel ya no existía en mi vida. Ni volvería a existir jamás. Algo desconocido me impulsaba a seguir adelante. Subí al coche y me toqué instintivamente la tripa. —Tú no tienes culpa de nada. Se acabaron las noches de torbellino enfermizo —pensé. Y sentí, entonces, una débil calma.
Nunca le había contado mi historia a nadie. Demasiado dolor. Pero cuando ÉL apareció en mi vida, sin concebir porqué, dejé que mi prisionero corazón se escapara. Aquella madrugada de confidencias de chat se coló de rondón en mi biografía. No sabía que ÉL me desearía y que sería la puerta del amor.