«Piel canela», el bolero favorito de Luisa, sonaba con melancolía en mi fatigado tocadiscos cuando ELLA me lanzó la pregunta que nunca hubiera querido responder. —Desde hace tres años tengo una hija que pronto cumplirá los treinta —tecleé con calculada ambigüedad después de retirar la aguja del microsurco. —¿Cómo? No entiendo… ¿Me lo puedes aclarar o estás de broma? —Es una historia demasiado larga para explicártela por aquí. Ya lo hablaremos con calma, en el caso de que aceptes mi invitación para la representación de «L’elisir d’amore»  —le escribí para no entrar en detalles.

Antes de mirarnos por primera vez a los ojos, ELLA ya me había precavido de algunos percances muy íntimos y como se aproximaba el estreno de la ópera resolví ponerla sobre la pista de mi paternidad ocultada. Si nuestra amistad en ciernes arribara al puerto seguro de una relación sentimental duradera, más pronto que tarde debería contarle la verdad sin andarme por las ramas.

Excepto mi camarada Mario Cano y el director del centro para parapléjicos, adonde trasladé a Gabriela para poder visitarla una vez por semana haciéndome pasar por su padrino, nadie más sabría de la misa la media. Aunque era un hombre viajado y había realizado obras de envergadura como ingeniero de Caminos, Canales y Puertos en medio mundo, mi anciano padre hubiera puesto el grito en el cielo. Mis hermanas, amantísimas del coro acérrimo de las creyentes y practicantes de la santa beatitud, me excomulgarían de una familia con apellidos de atronadora dignidad. Baqueteado por el desconcierto supuse, de igual manera, que descorrer la cortina de la privacidad y mostrar la trastienda de mis cuartos internos a otros amigos acabaría por convertirse en un secreto a voces. Y en la universidad, por cuyo claustro relampagueaban los devaneos ocasionales entre el profesor fulanito y la alumna menganita o entre el alumno zutano y la profesora perengana, ni hablar de comidillas a mi costa. Sólo de recordarlo aún me tiemblan las piernas.

Por eso, replegado bajo el caparazón de mis agotadoras cavilaciones y arrinconado contra las cuerdas del abrumador mutismo que me impuse, elegí a Mario para desahogarme de mi flagelo pero, sobre todo, para pedirle consejo sobre el desaguisado. Nos conocemos desde la infancia y a despecho de su alcoholismo crónico, de sus contrariedades, de sus desgarros, de sus turbulencias, es un tipo en el que se puede confiar. Sigue también soltero, conserva una aguda perspicacia y cultiva el sentido del humor. Así que, tras escuchar punto por punto los pormenores de mi condición de padre por sorpresa y de expresarle mi decisión de no decir ni pío a mis allegados, me comentó: —Tú lo has sabido como consecuencia de la muerte de la madre y a ti no te noto con cara de ir a pudrirte a una tumba todavía. Por tanto, chitón. Dale tiempo al tiempo. Eso sí. No vuelvas a aceptar jamás una carta certificada. ¡Ah…, y otra cosa que te puede librar de que la prole vaya en aumento! Antes de abrir la puerta de tu casa observa siempre por la mirilla y averigua quién demonios ha tocado al timbre. ¡Para no verme como tú te ves ahora, yo siempre lo hago…!