Se lo venimos contando desde que dio comienzo la temporada –sentenció con tajante pretenciosidad el locutor deportivo durante la retransmisión del último gran premio de la Fórmula 1. –Nuestro piloto ha ido dejando en la cuneta a todos los rivales y hoy va a convertirse en campeón del mundo por tercer año consecutivo. ¡Qué grande! ¡Qué carrerón! ¡Qué espectáculo! ¡Qué gozada! Le queda menos de un kilómetro para alzarse con la corona, va como un tiro, está que se sale –gritaba el comentarista con la voz entrecortada por la euforia–. Y en la última curva, antes de doblar hacia la recta de meta, se salió.
¡Lo siento por ti, Ballantine’s!
¡Secaos las lágrimas, cocodrilos!
¡Es el finiquito, estúpidos!
Háztelo mirar. Verás qué poco te queda…
¡Id corriendo a mi casa! He dejado la ropa en lejía
Mucho peor que morirme fue mi forma de matarme
No fui nadie y nadie soy
De tumbo en tumbo vine a parar a la tumba
Rema, rema… Tú también morirás en la orilla
Y colorín colorado…
Arrojad mis cenizas en Estaca de Bares, que a lo mejor encuentro alguno abierto…
¡Hatajo de cotillas! Esta vez no estaba de parranda…
Ya no me daba la vida
Dejaos de letanías y cantadme de una vez el brindis de «La Traviata»
¿Quién dijo que no tenía donde caerme muerto?
Lo siento. No estoy para nadie
Oferta irresistible: restos a la venta en el interior
Mi existencia fue un desastre… hasta que dejó de serlo
¡Lárgate! Te dije que sólo te amaría mientras viviera
Se acabó lo que se daba
Cuando no puedes sostenerte de pie lo mejor es tumbarse a la larga
Apagado y fuera de cobertura
Me hicieron en un polvo… y en otro polvo me deshago
Siempre tuve vocación de calavera
¡Hasta aquí hemos llegado!