–¿Solo?
–Sí, solo. Por favor.
Cada noche, al terminar de cenar, la camarera le hacía la misma pregunta y el cliente le respondía de la misma manera. Hoy, contra todo pronóstico, el ritual se alteró.
–¿Cortado?
–¿Eh? ¿Cómo? ¿Cortado? No, no, solo. Solo. Por favor.
De vuelta a casa, él no pudo dejar de sospechar durante largo rato si ella habría descubierto el secreto bien escondido de su rotunda timidez. Saltaba a la vista que se trataba de un hombre solitario, pero de ahí a insinuarle que además era un tipo indeciso… Concluyó que debía cambiar de bebida. Fue así como vislumbró que no sólo iba a soslayar para siempre la maldita indirecta que le había acarreado la última taza de café sino que, ya puesto, quizá pudiera armarse del valor necesario para acometer un viejo propósito que su apocamiento se empeñaba en denegarle. Al día siguiente, antes de que la chica abriera la boca, se adelantó.
–Esta noche remataré la cena con güisqui. Un Cardhu. Por favor.
–¡Qué sorpresa! ¿Es por alguna celebración?
–No, por ninguna en especial.
–¿En copa o en vaso?
–Mejor en vaso.
–¿Con hielo? ¿Con agua?
–Solo, solo está bien. Solo. Por favor.
–Pues marchando un Cardhu solo para el señor –recitó la joven en su cara con calculado tono de cortesía.
Complacido de su vasto talento para zanjar el enredo, bebió hasta sentir una euforia tan desbordada como la del torero que se luce en la plaza con dos orejas y un rabo. Pasada una hora, levantó el vaso vacío y ella acudió a la mesa para llenárselo por quinta vez.
–¿Solo?
Y, entonces, ya no dijo ni solo ni por favor ni, naturalmente, cortado. Entonces, la miró con los ojos algo vidriosos, esbozó una sonrisa inédita y con aplomo guerrero le devolvió:
–Si pudiera ser contigo…