Libre, sí, mas no del todo. Me abruma visitar a mi padre en la residencia de ancianos y acatar sus embestidas de viejo cascarrabias, como Salvatore Roncone en «La sonrisa etrusca» de José Luis Sampedro. —¿Pará qué sirven todas esas tonterías de letras que enseñas tú? ¡Si hubieras estudiado ciencias serías un hombre de provecho! Tu hermana mayor fue una ingeniera de postín; la pequeña sigue siendo una bioquímica con dos pares de bemoles. ¡Y aún han tenido tiempo de ser madres de familia! No como tú, que te has pasado la vida entre libros, escritores y payasadas. ¡Vaya un profesor de mierda! Y encima te has quedado para vestir santos —despotrica contra mí alzando la voz.

Sentado en su silla de ruedas, cada tarde me repite el mismo sermón de nonagenario pelmazo, mientras yo me encojo de hombros sin contradecirlo. Para qué. Si dar clases, corregir exámenes y preparar conferencias me resulta cómodamente mecánico, como los pasillos rodantes de los aeropuertos, ¿cómo no voy a soportar un cautiverio de dos horas junto a mi progenitor? Lo asumo con los grilletes de una obligación filial, aunque en ocasiones un poco a regañadientes. Hay veces que el rapapolvo me revuelve las tripas, igual que me desconcierta una versión de «La bohème» ambientada en el Mayo francés del 68, un Picasso colgado de un árbol urbano o la estatua de la Regenta aprisionada en un vallado angustioso e insensible al estruendo miserable de la decadente Vetusta por San Mateo.

Pero nada me aturde tanto como el sobresalto que me sacudió la noche que ELLA, en la red social que utilizo para comunicarme con los alumnos, me dijo:—Hola.