Inmensa, como la luna en otoño, fue la cosecha de árido insomnio que me empecé a labrar tras conocer la muerte de Luisa y cargar con la paternidad de Gabriela. Tardé un verano en comprender que nunca llegaría a saber las causas que condujeron a la madre de mi hija a ocultarme su matrimonio con Leonardo ni el cariz de otros motivos, distintos al forzosamente económico, como para que en su último trance le revelara a su hermano que se había quedado embarazada de mí en un hotel hispalense. Durante meses, la única compañera fiel que acudió con puntualidad a las sábanas de mi complacida soltería sesentona fue una tediosa especulación sin principio ni final. Por la soledad de las horas nocturnas en vela, entre decenas de cigarrillos y tazas de café, en cada nuevo capítulo de las novelas que releía con la vana esperanza de adormecerme o sobre los renglones donde resumía las charlas telefónicas con mi flamante cuñado Santiago, se iban y se venían todas las preguntas sin respuesta que una mente obcecada pueda llegar a concebir: ¿Por qué me engañó? ¿Por qué nunca respondió a mis llamadas? ¿Por qué no se lo expuso a nuestra hija cuando enviudó? ¿Por qué no me lo dijo a mí antes de fallecer? ¿Por qué…? ¿Por qué…? Por qué…? ¿Por qué…?  Pero sobre todo: ¿Por qué, en el fondo de mí, odio a la mujer de quien me enamoré y  por qué, sin poder evitarlo, detesto a un ser humano que ya no existe?

Hasta entonces, jamás había sospechado que un monstruo de ira comenzaba a crecer en mis tuétanos ni, nunca antes, me creí tan limitado para afrontar mis penurias. Quizá debía admitir, como repetía mi padre, que mi exclusiva misión en el mundo era la de un «profesor de pacotilla» que desperdiciaba el tiempo enseñando una asignatura «propia de vividores de la quincalla».

Mi suerte empezó a cambiar la tarde que me abofeteó en la cara con un soliloquio digno de su acreditada marca de la casa: —¿Te has mirado al espejo? Pareces más viejo que yo. Estás flaco como un alfiler y tienes más ojeras que un oso panda de esos que salen en los documentales de la televisión. ¡Claro! Seguirás leyendo un montón de basura hasta las tantas, mientras que la gente de bien, la que se esfuerza en asuntos decentes, concilia el sueño reparador después de una agotadora jornada de trabajo. ¡Cómo te tengo qué decir que las noches se hicieron para descansar, pedazo de vaina! ¡Para descansar, sí, y para otras cosas…! ¡Más «Kamasutra» y menos «Quijote», solterón de siete suelas! ¡Qué sí, qué te lo digo yo! ¡A ver si te enteras, coño!

No le respondí. Le pregunté si necesitaba alguna cosa, me despedí hasta el día siguiente, cerré la puerta y me largué. Pasillo adelante, rumbo a la salida de la lujosa residencia de ancianos, supe que me estaba quedando en los huesos y presentí que mamá me hubiera sacado del atolladero con uno de sus decires proverbiales: —Tranquilízate, hijo mío. A lo hecho, pecho. Dios proveerá… Si no quieres verlo subirse por las paredes, a papá ni media palabra; a tus hermanas, tampoco. Saqué un papel del bolsillo de la chaqueta y tomé nota.

Inmensa fue la batalla que libré contra mí en el laberinto endemoniado de los porques y de los porqués. E inmensa, como la nieve en los polos, fue también la ansiedad y el regreso a mis noches en blanco cuando ELLA me confirmó su propósito de acompañarme a la ópera en el mes de diciembre.