—¡Hola! ¿Limpio? —me preguntó el chaval en cuanto me detuve en el semáforo. No le contesté. Mientras empezaba a pasar la esponja sobre el parabrisas con desganada higiene, busqué unas monedas en el cenicero del coche para que se largara. Ni le miré.

Según avanzaba entre el tráfico, pensaba en la noche anterior. Nos besamos acaloradamente y esos besos… esos besos me removieron por un instante inconsistente. Parecía sincero, pero enseguida recordé la imagen que mis dos amigas habían dejado en mi retina, besándole igual. Noté una ligera náusea. —Se acabó el sentir algo, ¿no habíamos quedado en eso? —me recordé incómoda.

Todo vino de golpe a mi cabeza, de nuevo, repetidamente, como fotogramas hirientes e incisivos. No sabía a quién contarle lo ocurrido; no sabía que ÉL aparecería en mi vida, que me escucharía y me comprendería como nadie lo había hecho jamás. No sabía que acabaría por abandonar mi corazón en el suyo. No sabía… En ese momento solo quería escapar.