Historia amarga de un ¡hola! o noticia de un morrocotudo bochorno por cometer un error garrafal. Me desquicio sólo de pensar que hubiera apostado mi viejo Mercedes-Benz a que ELLA comenzó nuestras conversaciones en el chat, y me sigo ruborizando por no haber tenido más remedio que admitir, la segunda vez que nos comunicamos, que fui yo quien le envié el primer mensaje. ¡Menudo traspié! —Acuérdate. Respondiste a algunos comentarios elogiosos que dejé en el muro de ese escritor que me encanta y me remitiste un relato suyo por Messenger el mismo día que salió publicado en la revista El Boomeran(g). Me dijiste que era tu amigo. ¿No lo recuerdas? —tecleó. —Ahora que lo dices… ¡Claro! ¡Ya caigo! ¿Sabes? Soy un poco despistado —me disculpé.
Mientras intentaba hacer memoria en las telarañas de mi descomunal olvido, el diálogo iba fluyendo por el llano despejado de los buenos modales. Me llamó la atención su escritura cuidadosa, las comas en su sitio, las tildes en su precisa vocal, los tres puntos suspensivos –ni uno más ni uno menos– al final de algunas frases bien construidas. Sin duda era una mujer cultivada.
Por una entrevista en El País, sabía que participé en un congreso sobre Antonio Machado celebrado en Sevilla y que estaba soltero, pero evité preguntarle cuál era su estado civil o a qué se dedicaba. Presentí que ELLA exploraba la posibilidad de convocarme al tentadero cálido de un café madrileño, así que me abstuve de entrar al trapo de una cita ocasional con tímidas evasivas. Mi difunta madre, tan cauta, tan refranera, solía repetirme que por la boca muere el pez y el hombre por la palabra. Quizá tuviera razón. Para no faltar a la verdad, debía tomar precauciones.