—¿Hago algo? —preguntó Noel antes de subir al barco. —Sí, por favor —le respondí. —Suelta el amarre mientras empiezo la maniobra. Ya con la maroma suelta, saltó ágilmente a la embarcación y salimos hacia mar abierto. El día era radiante, templado, hermoso. La mar estaba tranquila y el aire limpio acunaba mi cabello y los rizos de Noel, que se quedó muy callado, ausente, y me miraba con ojos fríos. —¡Disfruta! —exclamé. Él hizo un ligero mohín que no supe interpretar. Habíamos recorrido unas dos millas; eché el ancla. Las vistas eran maravillosas. Nos tumbamos en la proa. —No estás muy hablador hoy, ¿estás bien, Noel? —le miré mientras aguardaba alguna respuesta. —No tengo ganas de hablar —contestó bruscamente. No me gustó su tono; me incorporé y bajé hacia el interior del barco, al camarote. A los pocos minutos sentí sus pisadas y le oí bajar hacia donde yo me encontraba. Se plantó frente a mí y me sujetó con fuerza los brazos, mientras intentaba besarme. —¡Por favor, suéltame! —le supliqué. Me sujetó con más fuerza, me hacía daño. —¡Cállate! —gritó. —La niña mimada, la niña bien, mecida en amor y sin faltarle nada… Odio a la gente como tú, que os creéis mejores que nadie. Sin problemas, sin dificultades… Voy a hacer que tu vida cambie para siempre, preciosa. Mascaba cada palabra llena de rabia, pegado a mí. Me arrancó el traje de baño. —Por favor —musité, casi sin voz —no me hagas daño… Agarró mis pechos, descerrajando un gemido de sufrimiento en mi garganta. Los sobó de forma lasciva. Comencé a marearme y sentí ganas de vomitar. —Por favor… —volví a suplicar. De repente sentí como mi cuerpo se doblaba por la mitad, roto de pesadumbre; sentí un empujón de fuego, que erecto como una lanza, se clavaba en mí. Por unos segundos perdí el conocimiento. Cuando desperté, una baba viscosa, sanguinolenta, recorría la cara interna de mis muslos. —Y además, ¡virgen! —exclamó triunfante. —No he tenido tanta suerte en mi vida. Me soltó y caí desplomada. Estaba desorientada, confusa, asqueada; el dolor atravesaba mi cuerpo, quemándome. —Date un baño, estás sucia —me escupió. Tambaleándome, me limpié con una toalla y me puse un traje de baño limpio. Subí casi a tientas la escalera y me zambullí en el mar.

Había transcurrido algo más de un mes. Y una incipiente vida se quería abrir paso en la mía. A Michel… A Michel nunca podría contarle la verdad. Me sentía culpable.

Cuando hablé con ÉL por primera vez sentí el impulso de abrir este episodio de mi vida, y seguí ese impulso… Nunca lo había hecho, pero cuando escuché su voz y pude mirarme en sus ojos tuve el presentimiento de que, por cada segundo de dolor que sufrí aquel día, ÉL me daría una vida de felicidad inmensa.