La conocí en Tegucigalpa, trabajando como voluntaria para un proyecto de Manos Unidas; guardo un recuerdo vivo y claro de ELLA. En realidad, creo que todo el que pasaba por su lado, se quedaba algo hechizado. Era una mujer tranquila, estable, profundamente positiva, con un punto de lejana tristeza acumulada en su alma, pero sin recrearse. Mirada de dulce manzana asada. Voz melodiosa y cálida. Transmitía paz. No le gustaban demasiado los preámbulos, y así, enseguida, me invitó a su corazón. Noté que había profundos episodios de su vida que no quería desvelar y yo, en un prudente respeto, no pensé en bucear más allá de los que ELLA me quisiera contar.
Se casó finalmente con Michel en Biarritz, donde habían veraneado desde niños, ante unos orgullosos padres y una sociedad cerrada y rica que aprobaba ese enlace de forma vehemente; y unos meses más tarde vería la luz una niña absolutamente preciosa, de tez oliva y grandes interrogantes en sus ojos. Nunca quiso averiguar si Michel creyó que la hija era de él o no; ELLA no se molestó en dar ninguna explicación ni él en pedirla. No fue un matrimonio al uso, pero siempre le quiso, aunque no le amó, y Michel la amaba, a su manera. No parecía que a ELLA le importara esto lo más mínimo. Viajaba con mucha frecuencia y parecía que se había instalado en un clima de madura cordialidad en el que se la veía cómoda.
Solo rodaban sus lágrimas cuando rememoraba la agresión de Noel. Pienso que eso la desestabilizó de alguna manera. No tanto por la violación en sí, si no por la inmensa y profunda decepción, por la mentira, por la oscura simulación que él forjó en torno a ELLA. Por la forma de dejar de ser una niña. Llegué a figurarme que, en realidad, Noel había sido su amor. Nunca lo sabré ni osé preguntarlo. Pero dejó una huella imborrable, eso seguro.
Hablábamos de música, su gran pasión, el amor que nunca decepcionaba, como ELLA la definía. Una tarde, charlando en un descanso de lo que había sido un día cuajado de reveses administrativos, ante los que jamás perdía la calma, me habló de ÉL. Me sorprendió su historia, porque por vez primera me contaba algo realmente cercano en el tiempo. Intenté mirar dentro de sus expresivos ojos, pero no conseguí encontrar ninguna respuesta. Les unió la música y ELLA pensó que envejecería a su lado, pero ÉL, aunque dijo que la amaba, la dejó, sin ninguna explicación sensata o razonable. No conseguí averiguar si esta última historia de su vida, en la que ella puso su corazón, la dañó o no. Quizá sí. Pero en cualquier caso me dio la sensación de que, aunque ÉL no era lo que parecía, ELLA estaba en paz, y su alma yacía en una sonrisa con el horizonte, allá donde el mar se une junto al cielo en una perfecta y reposada línea.
Cuando regresé de la capital de Honduras, prometí volver, aunque no lo he hecho. Sé que ELLA compagina su labor en el conservatorio, con sus conciertos y su labor de voluntariado; de ÉL no sé nada. Espero que la felicidad les visite para quedarse en sus respectivas vidas.
Ha sido un placer contarles lo que sé de ELLA y ÉL.