Escapar al saludo que leí en la pantalla del ordenador hubiera pervertido mi amabilidad espontánea. Quienquiera que fuese, ELLA merecía un gesto de gentileza. Estaba claro que no se trataba de una alumna de la universidad. –¿La habré felicitado por su cumpleaños? –me interrogué. Como lo suelo hacer con un mensaje privado y elimino las conversaciones al abandonar el chat, no conseguí recordarlo.

Si continuaba entre mis amistades, una de tres: o era una compañera del círculo académico o una mujer del gremio editorial o una escritora parapetada detrás de un alias. Acudí a su perfil en la red, pero no hallé la solución al minúsculo galimatías que ya daba señales de convertirse en un inquietante engorro. Apenas una foto irreconocible y un nombre con su apellido. –¿Y si la añadí a la lista de amigos respondiendo por descuido a su propia solicitud? –volví a preguntarme.

Me agité en el sillón y encendí un cigarrillo sin percatarme de que aún tenía otro humeando en el cenicero. Algo tan banal como devolver un cumplido decoroso comenzó a zarandear las cañerías de mi anatomía puñetera. El pulso se desbocó a galope tendido y un sudor monótono resbaló por mis manos. La espantosa incertidumbre cedió, por fin, ante la cordialidad urgente. Respondí a su cortesía… Y me equivoqué.