«Día 23 de mayo de 1998», leí en el recordatorio de la primera comunión de Gabriela. Aunque tenía los ojos cerrados, el rostro hermosamente angelical que observé en la fotografía era la viva estampa de su madre. Tras hablar por el teléfono con su tío Santiago, me lo envió una semana después de recibir de su puño y letra la carta que daría un vuelco radical a mi holgada existencia, junto con una fotocopia del libro de familia: «1.- Hijo/a. Nombre: Gabriela. Apellidos: Castillo Guzmán. Hijo/a de Leonardo y de Luisa. Nació el día 8 de noviembre de 1989 en Murcia».
Aquella conversación había sido intrincada, sin dejar de ser cordial. —Me pongo en su lugar y comprendo su revoltijo de sentimientos encontrados. Para mí no fue sencillo revelarle el secreto que me confesó mi difunta hermana. Pero creo que usted tiene todo el derecho de saber la verdad y de reconocer a Gabriela como a su hija legítima —me repitió. —Supongo que la única forma de discernirlo es realizando la prueba de paternidad —repuse entre un mar de dudas. —Pero, dígame, ¿le contó Luisa a Gabriela quién es su verdadero padre? —No —respondió Santiago con implacable seguridad. —Mi sobrina apenas tenía dos años cuando murió Leonardo. Por suerte, la tetraplejia que padece no afectó a sus facultades mentales. Es una joven muy inteligente y acabará por entenderlo y aceptarlo. —De acuerdo —añadí. —Realizaremos los análisis de ADN y pasaré por lo que determinen los perfiles genéticos. Eso sí, hasta que no disponga de los resultados definitivos este asunto es una cuestión confidencial entre usted y yo. —Por supuesto, le doy mi palabra —zanjó antes de colgar.
Estaba acorralado. Y me malicié prisionero de una grave encerrona al recoger el test que arrojaba el 99,88% de probabilidad. La certeza de que Gabriela era sangre de mi sangre me apretujó contra el paredón de una horrenda encrucijada, me revolcó por un pedregal de fieros interrogantes para los que no hallaba sino respuestas atroces, me arrastró hacia un tenebroso callejón sin retroceso ni escapatoria. Tres años habían transcurrido, desde la confirmación inapelable del veredicto rubricado por el laboratorio, cuando ELLA me preguntó si tenía hijos…