Cabezada
De todos los lugares que he frecuentado para echarme veinte minutos de siesta, jamás he conocido estancia más silenciosa que un depósito de cadáveres.
De todos los lugares que he frecuentado para echarme veinte minutos de siesta, jamás he conocido estancia más silenciosa que un depósito de cadáveres.
No es una condena ir de mal en peor, mientras pueda arrogarme el indulto de transitar por la perdición crónica hacia la nada absoluta.
Por más que las farolas iluminen la noche, a menudo me arrastro a ciegas por algún callejón oscuro.
No me permito ninguna rigidez. Excepto una…
Ni me remuerde el ayer ni me amedrenta el mañana. Tengo de sobra con tambalearme sobre los escombros que pisoteo hoy.
De todas las maneras de fugarse, ninguna más infalible que con dos botellas de güisqui.
Ser o toser: he ahí el discutible argumento del tabaquismo.
Creo ciegamente en pitonisas y adivinos. Porque ese viaje que siempre nos predicen puede consistir en dar la vuelta al mundo cargado de maletas o ir del dormitorio al baño en zapatillas.
El que calla otorga, pero no se compromete.
Fumar provoca cáncer. No fumar, también.