Amor, fue una noche de amor, sólo una, la que me quebró el aliento veintitantos años más tarde. Casi me da un síncope, bien lo recuerdo, al leer una carta certificada que recibí en mi departamento de la universidad antes de empezar a comunicarme con ELLA. La remitía un hombre desde Murcia. Decía: «Hasta que le diagnosticaron el sarcoma que la llevó al crematorio hace dos semanas, mi querida hermana jamás me había hablado con franqueza sobre la paternidad de Gabriela. Mi familia y su esposo, de quien la niña tomó naturalmente su apellido, vivíamos en la inopia, incluso después de que mi adorada sobrina, ya huérfana de su supuesto progenitor, sufriera el terrible accidente que la dejó tetrapléjica a los 12 años…».

Sin adivinar ni por lo más remoto el origen de las calamidades que emergían ante mis ojos perplejos, noté que mi cuerpo tiritaba de conmoción como las hojas tembletean en los árboles con las primeras embestidas del otoño irritado. Seguí leyendo: «Desde que enviudó y hasta su fallecimiento, Luisa corrió con los gastos de la hospitalización de Gabriela, pero carecemos de medios económicos para pagar la factura un mes sí y otro también. Hágase cargo, por favor. Mi hermana me explicó que se fingió soltera cuando se conocieron, que no tuvo el coraje de llamarlo al saberse embarazada, que la perdonara por su conducta reprobable… y me juró, en fin, que es usted el verdadero padre de su hija».

—¿Luisa? ¿Quién demonios es Luisa? ¡Sí, Luisa, Luisa…! ¡Luisa Guzmán! ¡Aquella hermosa murciana de quien me enamoré perdidamente en el Café Europa durante el congreso de Sevilla sobre Machado! ¿Pero, cómo? ¿Por qué me mintió? ¿Y a qué viene ahora este embrollo? ¿Qué broma macabra es ésta? —me maldije fuera de mis estribos.

No pude llegar hasta el final de la misiva. Doblé en dos mitades el folio manuscrito, lo metí en el sobre y lo guardé en un bolsillo de la chaqueta. El aprieto de asumir de repente que yo podría ser el papá primerizo y cincuentón de una joven huérfana, ignorada y tullida sobrepasaba con mucho los límites de mi escuálida entereza. Un enjambre de incredulidad se anticipó a un avispero de rabia, de pesadumbre, de postración, de desconcierto.

—¡Luisa, mi amada Luisa, ha muerto! ¡Y Gabriela! ¡Gabriela! ¡Mi hija! ¡Tengo una hija! ¡Tengo una hija y está tetrapléjica! ¡Por todos los santos! ¡Luisa, cenizas! ¡Gabriela, paralítica! ¡Dios mío! ¿Será posible? —me lamenté hundido de dolor y traspasado por el pánico.