Amante de la soledad, fanático del sigilo, cómplice de la molicie, asiduo de las contrariedades, empecé a notar una molesta sensación de ahogo mientras embutía mis gemelos de oro en los puños de la camisa y anudaba la corbata de seda en el cuello. De cuantas aventuras me había permitido con mujeres en edad de merecer, aquella era la primera cita a ciegas y a sordas, al buen tuntún, a lo que salga saliere. El apetito del empecinamiento, que la catedrática madrileña mostraba en el diapasón grandilocuente de los mensajes por Messenger, se juntó con las ganas de comer de mi curiosidad impulsiva y aunque anhelaba una cancelación de última hora, tampoco estaba convencido de desear por todos mis muertos que se frustrara la oportunidad de olisquear sus holandillas. Y si me parecía ciertamente estrafalario aceptar el guante de una señora de quien desconocía sus hechuras femeninas y hasta su modo de hablar –apenas nos habíamos intercambiado un par de fotos de adivina tú cuándo se habrían tomado– no era menos ridículo el desafío que yo le había lanzado, presa de un arrebato irreprimible, una noche azarosa de vehemencia sin ronzal.

Cuatro días antes me reportó esta misiva: «¡Buen día! Llegaré a Oviedo el sábado, 17 de noviembre, a las 17.00 horas. Descansaré y a partir de las 19.50 horas estaré lista para que me agasajes. He reservado habitación en el Gran Hotel España. Regreso a Madrid el domingo, a las 14.30 horas. Beso enorme y ¡lleno de ganas!».

Fiel a las buenas maneras, a las tres y media de la tarde acudí al edificio de cuatro estrellas, me aseguré de que iba a alojarse allí y le pedí a la recepcionista que le entregara una bolsa imprimida con la marca de la confitería «Rialto». En el interior, junto a las golosas «Moscovitas» de chocolate, introduje un ejemplar del libro «Veinticuatro horas en la vida de un monje» del prior Jean-Pierre Longeat y un tarjetón con mis iniciales sobre el que escribí: «¡Bienvenida! Esto es sólo el aperitivo. Seré puntual. Un beso. ÉL».

A continuación regresé a casa y llamé al restaurante «La Mar del Medio». Marina me reconoció nada más descolgar el teléfono.
—¿En la mesa de siempre? —me dijo cuando le indiqué mi intención de ir a cenar.
—Sí, por favor. Para dos personas. Estaremos ahí a las once de la noche.

Si mi oído es duro como un pedrusco para la zarzuela, para la ópera soy una auténtica tapia. Es verdad que puedo establecer diferencias entre los abismos cavernosos de un bajo y los vértices puntiagudos de una tiple pero, más allá de esa raquítica obviedad, no paso de ser un simple aprendiz de diletante. Hubiera preferido un concierto con piezas de Beethoven, Mozart, Schubert o Bach, mis clásicos predilectos y algo mejor acomodados a mis orejas indómitas. Consciente, pues, de que no podría estar al nivel encopetado de una instructora de Canto, ojeé el texto de «L’elisir d’amore» precavido de que, al menos, sabría decirle algo sobre el libretista Felice Romani y el charlatán Dulcamara, tan cercano al doctor Purgón de «El enfermo imaginario» de Molière, en el caso de que mi cultivada acompañante se sintiera tentada de pedirme una opinión.

Luego repasé el cartel. «Óliver Díaz, director musical; Joan Anton Rechi, director de escena; José Bros, tenor; Beatriz Díaz, soprano; Edward Parks, barítono; Alessandro Corbelli, barítono; Marta Ubieta, soprano…». Recordé que, muchos años atrás, me di el capricho de escuchar al lírico barcelonés en el Teatro Principal de Mallorca encarnando el «Faust» de un tal Charles Gounod, detalle que nunca olvidé porque arbolaba el mismo apellido que un psiquiatra amigo de mi padre, pero ¿y los Díaz? ¿Acaso serían hermanos? Había leído en los periódicos que los dos nacieron en Asturias, e incluso me asaltó la duda de que el maestro muy bien podría tratarse del que condujo la «Historia de un soldado» de Stravinski, lo que llamó mi atención entonces por hacerlo en el Centro Penitenciario de Villabona, donde participé en un programa cultural sobre el poeta Ángel González. ¿Y Beatriz? ¿Quién era esta Beatriz? Busqué por Internet y me tranquilizó que entre las profesoras de la cantante no figuraba el nombre de mi experta invitada, aunque no encontré ni rastro del posible parentesco de la pareja que no fuera el estrictamente artístico. Por las críticas, unánimemente favorables, deduje que tendría una voz muy atractiva y observé que su carrera de éxitos se fraguaba en medio mundo.

—Seguro que ELLA conoce al dedillo a los integrantes del elenco donizettiano y querrá saludarlos en los camerinos al acabar la función —me malicié. —¡Vaya faena! ¡Estoy perdido! —presagié compadeciéndome —yo que detesto los vítores, los ceremoniales y las fotografías. ¡Hasta el alcalde bajará a enseñarse! ¡Y por qué no el rector…! Uf, ¡menudo avispero! ¡A ver cómo me apaño!

Absorto en estas suposiciones estúpidas, sonaron siete campanadas en el vetusto reloj de pared, doblé el abrigo sobre el brazo izquierdo, bajé al garaje y me senté al volante de mi Mercedes-Benz. Ya casi noche cerrada, circulé con comezón hasta el aparcamiento subterráneo de La Escandalera, frente al Teatro Campoamor. Apuré un par de cigarrillos, extraje de la guantera un puñado de caramelos de regaliz y caminé hacia el hotel. Lo que tenga que ser, será, percibí como en un susurro que mi madre me enviara desde las alturas. Había llegado la hora, no cabía dar marcha atrás.