Semana a semana el bebé se formaría en mí. No podía apartar esa sensación de ansiedad beligerante con el raciocinio, que me atrapaba. ¿Y si Michel no accedía a casarse conmigo? ¿Y si había interpretado mal las señales? ¿Cómo acallaría los rumores de un embarazo? ¿Y mis planes de continuar mi carrera musical en la Jacobs School of Music, en Indiana?… Una borrasca de conjeturas barruntadas en pesimismo, apresaba mi juicio. Quedaban pocos kilómetros para llegar a Biarritz. Una suerte de enajenación me invadió.

Estuve un buen rato paralizada, pasiva, casi inerte. No conseguía discernir la cruel brutalidad de Noel. Su ira, su ensañamiento… Me aborrecía, a mí y a lo que representaba mi vida. Comencé a torturarme con una necia ofuscación por verle. Desentumecí el cuerpo y me puse en pie tambaleándome del intenso dolor que como un puñal ardiente quemaba mi interior. Superando un temblor que apenas podía controlar, dejé que el agua fresca de la ducha del camarote recorriera la piel lentamente; al terminar, después de ponerme ropa limpia, salí del barco con una obstinada y pueril idea: verle de nuevo. Estaba segura de poder encontrar una respuesta. Me resistía a pensar que Noel era esa pesadilla.

Según hablaba más con ÉL, crecía la forja en la que mi fantasía moldeaba diferentes sentimientos. No quería pensar en amor del vertiginoso pavor que me producía. Pero era un riesgo que estaba dispuesta a asumir. Solo la música había sido mi fiel amante.