Vida y hastío fueron sinónimos hasta que Gabriela me aceptó como padre y yo la acogí como hija. Su tío Santiago había preparado nuestra primera cita con suma delicadeza. Vino a recogerme al hotel y nos dirigimos en su coche a la residencia para lesionados medulares. Era un miércoles gris con tráfico fluido y llegamos antes de la hora fijada. Salvo cinco peluches inermes que colgaban de un columpio por delante del ventanal, la habitación estaba vacía y el recepcionista nos indicó que aguardáramos en la sala de espera a que terminara la sesión matutina de rehabilitación. Mi barriga desinflada rumiaba la angustia debajo del pantalón de pana, dos bolsas amoratadas colgaban de mis ojos ensombrecidos y un sudor resbaladizo, que brotaba a chorros desde mi coronilla desnuda, se colaba a través del cuello de la camisa y descendía hasta las plantas de los zapatos. En medio de la desazón barrunté que una marea de adrenalina se batía dentro de mí para sostenerme erguido sobre las piernas, a un soplo de desplomarme sobre las baldosas de la estancia. Al cabo de un cuarto de hora interminable, una enfermera nos anunció que ya podíamos pasar.
Santiago iba a oficiar como intermediario pero, antes de que abriera la boca, Gabriela se anticipó por sorpresa. Tenía el tronco incorporado sobre la cama abatible, la melena recogida en un moño por un pañuelo estampado con los tonos del arco iris, vestía un chándal azul marino y un par de calcetines del color de los pistachos.
—Así que tú eres mi padre —me lanzó al rostro con un dejo de curiosidad impostada, el gesto seco y mirándome de arriba abajo.
—Hola… Bueno… Eee… Eso parece —respondí azorado, escondiendo mis manos empapadas en los bolsillos y bajando la mirada al suelo, mientras deseé desaparecer por la puerta o que un infarto me dejara fulminado en el sitio.
Sin embargo, impelido por un acto reflejo, me recompuse a renglón seguido y acerté a pronunciar con un hálito de resignación: —Sí. Tú lo has dicho. Soy tu padre. He venido a conocerte y a cumplir con mis responsabilidades. Supongo que es mi deber.
Al principio la relación no resultó nada fácil. Yo la percibía como una carga demasiado pesada para mis endebles espaldas paternas, casi un remedo del fastidio abismal que me causaba ir a ver a mi padre al geriátrico. Aunque daba por seguro que Gabriela padecía el terrible desconcierto de digerir quién era su verdadero progenitor, no consideré extraño que me tomara por un recién llegado, como a un intruso desconocido, ajeno y distante que, de sopetón, venía dispuesto a convertirse en cabeza de familia por obra y gracia de un simple certificado oficial. Sólo cuando escuchó los argumentos de su tío envuelto en sollozos, acorralado por el crédito bancario que su hermana (—tu pobre y desgraciada madre —le oí musitarle a su sobrina con la voz entrecortada) había dejado sin liquidar antes de fallecer, acuciado por la notificación de enfrentarse a un embargo penoso que lo amenazaba con el desahucio por la firma del aval, impedido de costear con sus ingresos exiguos el internamiento abocado por el daño crónico que sufría, y cuando comprendió, de una vez por todas, las razones que me habían conducido a reconocerla como mi descendiente y heredera, el escenario cambió.
Poco a poco, durante las visitas que mantuve con Gabriela hasta procurarle acomodo en Gijón, la frialdad se rindió a la cercanía, el apego desembocó en complicidad y el cariño se revistió de un amor esencial por biológico. Ya ha transcurrido un trienio. Tres largos inviernos de lucha contra las secuelas por la caída de un caballo, inmersos en sepultar al saber de terceros el secreto mudo de la consanguinidad verificada, dichosos de tenernos y abrazarnos. Confieso que, si mi hija se esmeró lo suyo en enseñarme a quererla, con 60 años a cuestas tuve que esforzarme lo mío en aprender a ser padre. Nunca pensé que superaría el calvario de una asignatura tan escarpada.
Como tampoco acababa de aferrarme a la idea de que ELLA quisiera de veras acudir conmigo a un teatro. Más me valiera que cancelara el compromiso, porque lo que me apechugaba seriamente no era compartir una función operística con una experta en el género ni una cena entre dos profesores que la buena educación se complacería en obsequiarnos. Lo que temía era que, ante un eventual enamoramiento, la catedrática de Canto tuviera que ser también mi maestra en el conservatorio de los idilios fortuitos que llegan para quedarse. Cómo disciplinarme si no, yo que jamás estuve con la misma mujer ni una sola semana.