Hijos, hijos… ¡mi hijo! Me sobresaltaba ese pensamiento en cualquier agazapado segundo, generando un temor creciente. Necesitaba detenerme y hablar con Michel de forma inmediata. Paré en la primera área de descanso que encontré en la carretera. Pedí un café y el teléfono. —Michel, soy Karen —le hablé con el tono más seductor que pude. —Voy camino a Biarritz, ¿estás en la Grande Plage? —pregunté coqueta. —¡Eso es fantástico! Sí, estoy en el Palais. Estoy deseando verte Karen, no te veo desde hace tanto… —Qué exagerado -forcé una carcajada- hace solo seis semanas. —Es que te echo de menos… -noté cierta grata sorpresa en el silencio de Michel-  … te espero, linda.

Había quedado temprano con Noel para acudir juntos al puerto. Dormí inquieta la noche anterior pensando en pasar unas horas a solas en el mar con él, con sus manos, sus labios. Al amanecer me di una larga ducha y elegí un traje de baño blanco de escote pronunciado, un polo sin mangas y un short. Estaba radiante. Cada detalle de ese día quedaría grabado para siempre en mi cerebro… Salí del apartamento del Palais y le recogí en una modesta pensión a las afueras de la población. Él ya estaba en la acera esperando. Algo en su mirada me incomodó, aunque no sabría describir porqué. —Que bella estás, Karen —dijo recorriéndome con sus ojos. —Gracias Noel… ¡Sube al coche! La intensidad del color del cielo y del mar conjugaba armoniosamente con el color oscuro de su piel. Iba en silencio. —¿Estás bien? —Sí, me respondió. Deseando navegar. Me dirigió entonces una amplia sonrisa que hizo desaparecer cualquier sombra de inquietud. Llegamos al puerto y nos dirigimos al amarre. —¡Es nuestro día! Nadie sabe que hoy venimos los dos a navegar, mis padres me hubieran hecho demasiadas preguntas —comenté ingenuamente. No me fijé en como Noel observaba la posible presencia de alguien que descubriera esa salida al mar.

En mi primera madrugada charlando con ÉL rememoré aquel día. Lo reviví todo, aunque no fui capaz de relatarle con detalle nada de lo ocurrido. Algo me decía que podía confiar y, desde luego, hubiera sido el momento de sacar ese dolor que siempre había guardado. Comencé, entonces, a imaginarme envuelta en su tibia piel.