Pánico. Entré en pánico. Según conducía camino de la playa, me iba dando cuenta que tenía que forzar mi boda con Michel; cuanto antes. Michel… mi buen amigo desde la infancia, compañero fiel en los monótonos bailes de las encadenadas fiestas diplomáticas, el que me aguardaba cada día en la puerta del Jacobs School of Music en Indiana, durante mis primeros años de preparación musical, a la salida de clase; Michel, noble y apuesto, al que tendría que engañar para evitar el escándalo que se cernía sobre mí; una relación limpia, sana, fraternal, nos unía. Pero ahora… ahora el hijo de Noel estaba dentro de mí y debía tomar una decisión. Ni Michel, ni nadie, sabría jamás la verdad. Debía seducirle cuanto antes o de lo contrario las fechas no encajarían. –Qué locura -me dije- pero no encuentro otra salida.

—¿Vienes a navegar conmigo, Noel? —le pregunté aquel trágico día. Habíamos hablado toda la semana. Me contó su compleja infancia en los barrios bajos de Casablanca, su paso por la cárcel, su deseo de rehacer el futuro. Parecía sincero. Su risa era franca, clara y cuando sus manos rozaban mi cuerpo, al servirme un refresco, o al extenderme bronceador, se erizaba el vello de toda mi piel y tenía la sensación de flotar. Nunca había sentido algo parecido con Michel. Era nuevo, inquietante, seductor. Nadábamos juntos y mi mirada ante su semidesnudez bronceada, con cada gota de mar recorriendo su piel, me fascinaba. Le conté mis aristocráticos orígenes, la vida de la alta sociedad, mi infancia, mi adolescencia. Mundo perfecto donde era querida, mimada. Exquisitamente instruida. Con irrefrenable pasión por la música. Me escuchaba con un esmerado, casi reverente, silencio. —Me encantará conocer tu barco y tu pericia marinera —contestó sonriendo. —¿Estaremos solos? —preguntó. En ese momento, algo sombrío, helado, perturbador, alarmante, nubló de manera súbita su mirada.

No sé si ÉL sería capaz de comprender lo que sentí aquel día.