Equivoqué mi itinerario, recorriendo el infernal tráfico hasta que finalmente opté por seguir conduciendo. Giré hacia la casa de la playa, en un viaje de huida para el pensamiento. Nadie me echaría de menos. Mis padres estaban en Innsbruck disfrutando de la temporada de esquí. Y así, yo, empalmaba con tranquilidad noches y días, sin tregua, sola o acompañada. Todo me daba igual. Papá, pagaba. Qué fácil… qué vacío. Apenas habían transcurrido tres meses de lo sucedido… y la vida que llevaba dentro no despuntaba todavía. No sabía qué decisión tomar. Aceleré instintivamente. Quizá era el mejor modo de terminar con todo… Levanté el pie del pedal. —Tranquila —me dije.
Arrastraba un ligero acento francés desde la infancia, casi siempre imperceptible, pero Noel lo percibió. Me fascinaron sus profundos ojos negros y sentí un irrefrenable deseo de acariciar sus largos rizos oscuros. El brillo de su piel olía a sal y arena. Decidí sentarme en la barra del chiringuito, aprovechando que estaba sin gente. —¿Qué tal se presenta el día? —me preguntó, exhibiendo una sonrisa sensual, perfecta. Mientras limpiaba la barra, su torso se marcaba aún más. Me miró con descaro y recoloqué mi pareo con pudor, de forma inapreciable. —Estás bella hoy —titubeó sin saber cómo dirigirse a mí. —¿Hoy? —le pregunté incrédula. —Me gusta mirarte cuando corres hacia las olas… no eres de aquí, ¿verdad? No sabía qué contestar… me atraía, aunque algo se despertó dentro de mí; ¿debía de contarle mi ascendencia, mi infancia, mi vida? Me pareció demasiado pronto. —Pasé la niñez en París, sí… tienes buen oído… Noel me ayudó al verme vacilar. —Hola, Noel, soy Karen.
Kilómetro tras kilómetro iba reviviendo lo ocurrido. Si ÉL hubiera aparecido en mi vida entonces, que diferente habría sido todo. Si ÉL hubiera abrazado mi cuerpo y mi alma en ese momento… Pero el destino tenía guardado para mí otra historia.