–Ya no tenemos ocho ni dieciocho. Tenemos setenta y ocho. A ver si te enteras, mujer –dijo él, haciéndole la cobra ante un beso amenazante y retirando con urgencia las manos que le abrazaban por el cuello.
Y entonces ella apuró el cóctel, le atravesó con la mirada enrojecida y le plantó con la lengua ebriosa en sus narices: –Pues yo en el chocho tengo veintiocho, ¡yogurín!