Comencé a desperezarme lentamente, sin prisa, sin ganas. No quise abrir los párpados y enfrentar la realidad que tanto me aburría; con los ojos cerrados podía prolongar la evasión que buscaba, cada vez con más frecuencia. No estaba cansada, era una joven fuerte, y la raya de la noche anterior me ayudó a no caer en el agotamiento de tantas noches en blanco. Ni lograba recordar donde había aparcado el maldito coche. —Reacciona —me dije.

Me incorporé, busqué mi ropa y me vestí. Observé el dormitorio, masculino, indefinidamente infantil, modesto. Por el enorme ventanal entraba la luz de un día ya instalado. Me asomé; al fondo de la calle me pareció que se erguían las torres de la Plaza de Castilla. Busqué mi bolso, mi cartera seguía intacta. Me había vuelto a invitar a todo. Y no fueron pocos los vodkas ni lo que nos habíamos metido. Era un buen tío, pero no era mi tipo.

Crucé la salita de puntillas, tenía lo de siempre: miedo. Si hacía ruido se despertaría y me acribillaría con palabras amorosas, tiernas, dulces… volvería a estar atrapada. Sin el blindaje de colegas noctámbulos, estaba desprotegida. Cerré tras de mí la puerta, sintiéndome, por un día más, falsamente libre.