Ciertos acrósticos inciertos

Ciertos acrósticos inciertos

Especie de novela por entregas que escarba en los afectos enredosos y desata las pasiones íntimas entre una mujer madura y un hombre sesentón

Capítulo 12

Hace años que se fue tu mujer. Sucedió el 16 de octubre de 1994, como hoy, 16 de octubre de 2015, es la función de «Nabucco» que vas a presenciar con Sofía en el teatro Campoamor. Tras dar por amortizado el día ayer, en aras de espantar la resaca del atracón de güisqui y recobrar los pulsos de la pancreatitis aguda que sólo convergieron en tu sueño perturbador, has dormido a pierna suelta, no te duele nada que no te doliera hace tres días y te levantas a la seis como de costumbre.

Sin embargo, cuando empieza a sonar la obertura en tu cadena musical y repasas mentalmente los pasajes culminantes de la obra, desde el andante introductorio de trombones a la disputa entre Nabucodonosor y Abigail que antecede al desenlace, te tambaleas en un confuso vaivén de apacible tristeza y amarga alegría. Es un ir y venir entreverado, como se intercala en este solo movimiento, también, la cavatina de Zacarías del primer acto, el allegro de «Il maledetto» del segundo, el «Va, pensiero» zurcido sobre el oboe y el clarinete del tercero, el regreso, en sinfónica pirueta, a los sacerdotes de Baal del segundo y otra vez, marcha atrás, a una delicada pincelada del primero.

Has escuchado decenas de veces este drama verdiano y esta mañana, sin saber el porqué, te golpea y te acaricia, te detiene y te transporta, te hunde y te alza de un modo diferente. Piensas que por algún presentimiento inadvertido has venido evitando deliberadamente prestarle oídos en una fecha tan preñada de significado para ti y le das vueltas al busilis, mientras bebes tu café, acaricias tu pipa y la partitura sigue su curso por los altavoces del salón.

Como todos los días, desde hace 21 años, el primer recuerdo al despertarte ha sido para tu difunta mujer, junto con ese primer pitillo de fumador empedernido que enciendes en la cama antes de ducharte. No importa dónde estés ni con quién o si tus ojos se abren antes del amanecer o rebasado el mediodía o ya entrada la tarde casi mecida en noche. Ella siempre acude ahí, a esa cita íntima que se libra en lo más hondo de tu pensamiento, y con ella llega el «Va, pensiero», en el desgarro silencioso, pero serenamente audible en tus redentros, del coro trasmutado en una sola voz, un solo pueblo, un solo corazón, un solo espíritu. La melodía lánguida, despaciosa, melancólica, suplicante, consoladora es una comunión de nostalgias y de analogías. En el arquetipo de las emociones y los sentimientos que se hilan con fogosos ardores y se tejen con abatidos murmullos palpita el lamento esperanzado del alma hebrea como late el coraje, la virtud y la pérdida, «… che ne infonda al patire virtù, al patire virtù!», de tu añorada consorte, la dolorosa partida de tu cónyuge, derrocada la medicina y doblegados los antídotos, en aquel domingo inhumanamente desalmado y mansamente redentor del punto y final después del acabose.

Supones que algo parecido debió de sucederle a Giuseppe Verdi al escribir la música de esta pieza maestra, aún consternado por la defunción de su esposa Margherita Barezzi, tan sólo un año antes. Y aunque se revistió de himno patriótico cuando los italianos estaban sometidos por el poder extranjero y dio vida al acrónimo «VIVA VERDI» –Viva Vittorio Emanuele Re D’Italia– en tiempos del proceso de unificación del Risorgimento, a ti siempre te ha inspirado la emotividad de una marcha fúnebre. No en vano, en el cortejo mortuorio que acompañó al compositor por las calles de Milán, millares de ciudadanos despidieron su cadáver entonando espontáneamente este canto magistral.

Y no. No terminan ahí las semejanzas. Si te conmueve el simbolismo que le confieres al «Va, pensiero», no te recompensa con menor reconcomio la pugna entre Nabucodonosor y Zacarías en cuyo conflicto te has visto reflejado igual que si te hubieras mirado en un espejo.

Tu temprano descenso a las cloacas y tu paulatina rehabilitación, lenta como las sandalias sobresueladas del peregrino en el luengo vagar por el terreno mundo, esculpe su parangón en el despotismo del rey de Babilonia que profana y destruye el templo de Jerusalén, en el orgullo desbocado del individuo que se erige en la única divinidad del universo antes de perder la corona sacudido por un rayo, en el ofuscamiento del sujeto enloquecido que ordena la matanza de los hebreos y de su hija Fenena, en la desolación del hombre que implora al Dios de los Judíos la liberación de su primogénita, y en la conversión religiosa, por fin, del ser humano arrepentido que recobra el sano juicio, redime a los cautivos y promete levantar un nuevo santuario.

Cuando presenciaste esta ópera en Oviedo en 1983 –¡cómo olvidar a Manuguerra, a Kang y a Dimitrova en el elenco!– empezaste a vislumbrar en Nabucodonosor las miserias que te rondaban, aunque aún habrían de pasar algunos años para conocer el paño terso que conseguiste devanar de un trapo roto. Entonces no eras un tipo cruel ni despiadado, como tampoco lo fuiste andado el tiempo a no ser para contigo, ni habías perdido la cordura, pero el alcohol se convirtió en tu amo. Tardaste lo tuyo en aceptarlo y mucho más en darle sepultura a la botella pero, chano chano, surcaste nueve años de implacable sobriedad, llevaste al altar a la mujer que amabas desde chico y construiste un modesto emporio mercantil desde la nada. Parecía un final feliz, como el del monarca de los babilonios, mas si en el teatro se baja el telón, ahí afuera la vida continúa.

Al poco de quedarte viudo volviste a la carga por tus fueros. Buscaste lenitivo en el licor y, en menos de seis meses, ya eras esclavo de tu antiguo señor, a quien serviste con un fervor fanático hasta hace apenas seis semanas. Muy rácano balance, es tu enésimo intento. Sin pecar de indulgente, te dices que algo es algo, aunque sostienes que más te vale no sacarle pecho a la condescendencia porque en cuatro lustros no pudiste mantenerte seco ni por un año entero. Fue cuando regresó el rey de Babilonia en su trono dorado, con el ego subido, la piqueta canalla y la demencia a cuestas. Y fue con su retorno, que superaste con sobresaliente lo más bajo y más vil del personaje. Te bañabas en «jacuzzis» de cava y te diste al barato de un harén de lascivia; cantabas el «Dio di Giuda» rodeado de rameras más dignas que tú y las llevaste a pares a tu casa, que corrompiste como un prostíbulo indecente. Así, perdiste los estribos a lomos de tu caballo loco, te fundiste los plomos de la testa, desmantelaste la empresa de un plumazo y te arruinaste. Te arruinaste tú, don Mario Cano, perdiste la salud y vaciaste la cartera. Cinco veces quisiste lanzarte al fondo del abismo y cinco veces vino a socorrerte Zacarías, el sumo sacerdote, el ronco bramido de tu conciencia disipada rodando por los suelos, tan áspero e increpante el grito del profeta, como celoso guardián de lo inmanente para no irte del todo a la forzosa bancarrota o desplomarte en un chupano o hundirte en una cárcel o pudrirte en la tumba. En cinco manicomios lamiste las heridas de tus «delirium tremens» y con cinco mujeres planeaste, cuando estuviste sobrio, empezar desde cero. Pintaron bastos. Te dominó el alcohol en cada triquitraque y caíste derribado derrota tras derrota. Y ni te afliges, ni te torturas, ni te condenas, ni te compadeces. Hoy 16 de octubre, ahí estás otra vez, más viejo y más enfermo, en la cruda rampa de salida. Has entrado ya en el tercer acto, el de «la profecía» y te queda el cuarto entero por delante, el del «ídolo caído». No es tarde nunca. Si tú quieres, sabes bien cómo hacerlo…

A las siete y cuarto suena el móvil. En la pantalla ves escrito su nombre. Es la primera vez que vas a hablar con ella por teléfono.

–¡Dígame!
–Hola, soy Sofía, estoy en medio de un atasco. ¿A qué hora empieza?
–A las ocho. Estoy en el Café de la Ópera. Te espero aquí, ¿de acuerdo?
–Vale. ¡A ver si consigo estar a tiempo! Un beso.
–Tranquila. No te apures. Un besín.

Te quedas en la antojana del establecimiento y pides otro café. Fumas un cigarrillo tras de otro y, mientras aguardas a que llegue, te preguntas que soprano hay en Verdi que se parezca a ella. Sofía no es la pérfida Abigail, ni tampoco la Nannetta empalagosa de la cómica «Falstaff». Pudo ser la Amelia de «Un ballo in maschera» en el papel de la esposa desdichada, aunque no estuvo enamorada de otro hombre cuando estuvo casada con el suyo, o la Leonora de «La forza del destino» abandonada por su amado, tal que le ocurrió también a ella este verano tormentoso. Bueno, pero, ¿y ahora? ¿Quién es entonces? Tiene la naturalidad de la protagonista en «Luisa Miller», la integridad de Desdémona en «Otello» y la autenticidad de Violetta en «La Traviata», sobremanera, en el amor tan tierno y tan balsámico que despliega en el «Amami, Alfredo» del segundo acto, o eso es lo que tú te crees.

¡Piiii!, ¡piiii! A las ocho menos cuarto suena la bocina de un vehículo que se detiene en la calzada ante el semáforo de la acera de enfrente. Es Sofía. Te hace señales de que se dirige a un aparcamiento subterráneo y tú le indicas con las manos que cruzarás la calle para esperarla a las puertas del teatro.

–Creí que no llegaba, disculpa.
–Lo importante es que ya estás aquí. Te has puesto guapísima. Me corrijo: eres guapísima. Y tus zapatos, tu falda, tu blusa y tu chaquetón le sientan muy bien a tu hermosura.
–Pues tú tampoco estás nada mal…
–Entremos. Es la hora. La función va a dar comienzo.

© Misael Campo| 25 noviembre 2016|Ciertos acrósticos inciertos|