Ciertos acrósticos inciertos
Especie de novela por entregas que escarba en los afectos enredosos y desata las pasiones íntimas entre una mujer madura y un hombre sesentón
Especie de novela por entregas que escarba en los afectos enredosos y desata las pasiones íntimas entre una mujer madura y un hombre sesentón
Estás sentado a la barra de una coctelería, con un puro en la mano izquierda y un vaso de güisqui medio vacío en la otra. El camarero está frente a ti pero tú no consigues reconocer su rostro.
–¿Le pongo otro, señor Cano?
–Sí, échame uno más, ya sabes, doble y con tres piedras de hielo. Y de paso avisa al notario para cambiar el testamento y al cura para que traiga los santos óleos. ¡A ver! ¿Estado de cuentas?
–Son siete «Ballantines» dobles por 12 euros… 84 euros. A éste invita la casa.
–Gracias. Quédate con la vuelta –añades cuando le extiendes un billete de 100.
Ahora estás en el escritorio revisando en tu portátil la novela de un colega que se fue al cementerio antes de enviarla a la imprenta y preguntándote qué te ha sucedido, por qué has vuelto a beber, si tú no querías hacerlo, cómo es posible, ¡la grandísima puta hostia…! mientras repasas y corriges: «…una noche, al regresar a casa, el sueño lo había subyugado en el sillón orejero. Se esponjaba complacido en sus muelles tras haber bebido varias botellas de un tirón pero no hasta el punto de llegar a perder el oremus. Entonces, en contadas ocasiones, sólo en excepcionales y contadísimas ocasiones, irrumpía en un estado de proverbial lucidez que lo transportaba al otro lado de la conciencia. Solía sobrevenirle por ventura, sin poder preverlo ni provocarlo a voluntad, después de empinar el codo durante treinta o cuarenta horas, ininterrumpidamente, y de no probar bocado. En tales trances, la luz del esclarecimiento eclipsaba los apetitos que se abastecen por la boca, a no ser el del tabaco, al que se consagraba con delectación en escogidas pipas de brezo, que rellenaba con deliciosos virginias y burleys mezclados con latakia y perique, y a no ser el de la bebienda, que satisfacía con pequeños y despaciosos sorbos de lo que tuviera más a mano y sólo para mantener estables los vapores etílicos.
Mientras permanecía absorto en el nirvana de sus ardores, apenas acudía al mullido cabezal del sofá una aguda percepción del oído y una rediviva exaltación de su amor por la música. Podía pasarse así horas y más horas, como concediéndose una propina por los maratones ebriosos que se regalaba, escuchando arias de Jaime Aragall, don Jaime en el Campoamor, don Jaume en el Liceo, don Giacomo en La Scala o en el Met, a su entender, la resolución definitiva del misterio de la santísima trinidad de los tenores líricos, tres nombres artísticos distintos y una sola voz verdadera (“y la única hermosamente sublime y sobrehumana”, había dejado escrito él en una entrevista a toda página), siempre Aragall, siempre las mismas arias, «Che gelida manina», «Recondita armonia», «Tombe degli avi miei», una vez, dos, tres, cuatro veces giraba el cedé, y, en medio del frenesí dionisíaco velado por el éxtasis, iba anotando los pensamientos que le andaban por el magín, un eslogan, un titular, una palabra, una idea, sin permitirse pausa ni parsimonia, subrayando, tachando y volviendo a subrayar, con letra corrida y diminuta en la libreta cuadriculada de tapas negras…».
Te detienes. Detrás del «Io, l’ho perduta» de la verdiana «Don Carlo» suena como un estruendo el «Adiós a la vida» de «Tosca», el aria «E lucevan le stelle» de Giacomo Puccini, como en el disco de ese amigo tuyo, en el que te miras como un trasunto porque un día también se cansó de estar aquí, un devoto de la música, los libros y la pipa tan recalcitrante, meticuloso e impulsivo como tú. Los dedos vagan torpes por el teclado, cierras un ojo para no ver dos pantallas por una engorrosa diplopía, el corazón bufa a 160 pulsaciones, has entrado en taquicardia, te hundes bajo goterones pajizos de espeso resudor, tienes fiebre. Un vómito verdoso e irreprimible se estrella con violencia contra la pantalla del ordenador. Estás rabando bilis y traspasado por un punzón urente, es una broca que te perfora el abdomen hasta la espalda, un correaje de espinas afiladas que te cerca por encima de los riñones y te constriñe por debajo del esternón, un martillo pilón machacando tu hombro izquierdo…
¿Y ahora? Ahora agonizas en la cama de un hospital. Hay algo que te rasca en la garganta, como la raspa de un lenguado que se hubiera quedado atravesada entre la faringe y la glotis. Te han metido por la nariz el tubo de plástico de una sonda nasogástrica y, del portagotero de dos ganchos, ves pender sobre tu cabeza un botellín de suero fisiológico y una bolsa rectangular de analgésico cuyo contenido viaja por dos cánulas hasta el catéter intravenoso que te han clavado en la muñeca.
–¿Qué sabemos del médico de guardia? –le señalas a la enfermera que ha venido a retirarte el termómetro.
–Tranquilícese. Ya lo he avisado. Está con una urgencia…
–¿Pero no le ha dicho que necesito una inyección de Dolantina? Póngamela de una vez. No espere más.
–Eso tiene que autorizarlo el doctor. Vendrá en seguida. Trate de descansar.
–Llámelo y dígale de mi parte que, si no se da prisa, cuando llegue sólo seré un cadáver. ¿Es qué no se da cuenta?
–Ya le hemos pinchado media docena de «Buscapinas»…
–Pues, como si nada, jovencita. Para mí que me están inyectando algún placebo diluido en agua destilada… Tengo que ir al baño.
–No ve qué tiene la sonda puesta. Por favor, no se mueva de ahí. Ahora mismo le traigo la chata.
–Olvídese de traerme uno de esos incómodos bacines. Pínceme este maldito canutillo y déjeme salir. Sólo será un momento. Me lo han hecho en otros ingresos.
–No hay quién pueda con usted. ¿Seguro que se atreve a ir solo? Tenga cuidado, no se vaya a tropezar con el pie de gota…
–No se preocupe. Nunca tuve carné de conducir. Pero este cacharro lo dirijo mucho mejor, que el Fernando Alonso ése de los coches de carreras. Soy un viejo experto viejo.
Bajas la tapa del váter, te sientas y enciendes un cigarrillo de la marca Habanos que sacas del bolsillo de tu pijama azul. Lo fumas y prendes otro. Si te apetece el tabaco, no puedes estar muriéndote, razonas.
–¿Se encuentra bien, Mario? ¿Le falta mucho? –se interesa la sanitaria golpeando la puerta con los nudillos.
–Sí. No tema. Salgo en dos minutos.
–Ha venido una chica a preguntar por usted. Lo está esperando en la habitación.
–Ya voy, ya voy.
Empapas las colillas en el grifo del lavabo y las envuelves en papel higiénico. Has comprobado en decenas de ocasiones que es un método seguro. El agua de la cisterna transporta fácilmente las boquillas por el inodoro abajo, sin temor a que queden flotando en el sifón. Toses dos veces con fuerza para que el ruido de tus pulmones acalle el chirrido de las dos pulverizaciones que realizas en el retrete con el diminuto aerosol de aroma mentolado que llevas en el otro bolsillo. A continuación agitas la mano derecha para esparcir el humo, cierras la puerta tras de ti, avanzas por el pasillo y llegas a la habitación. Sentada en una silla te espera Bibiana. –¿Qué demonios hace aquí, si hace años que ya no estamos juntos? –te interrogas…
De repente te despiertas sobresaltado. El teléfono del escritorio no deja de sonar. Todos los días recibes una llamada a las ocho y media de la mañana. Hoy faltan ocho minutos para las nueve.
–¡Dígame!
–¿Dónde estás metido, Mario? Es la tercera vez que te llamo esta mañana. Ya empezaba a impacientarme. No te habrás ido anoche de picos pardos, ¿eh?
–No, madre, no. Lo siento. Me quedé traspuesto, profundamente dormido. Ya sabes que me ocurre algunas veces. Y tú, ¿estás bien? ¿Qué tal has descansado?
–Con tanta pastilla duermo como una tonta. Parece que me he levantado algo mejor que ayer. Hoy tienes la ópera, ¿no? ¿Vendrás mañana a comer? ¿Quieres un entrecot o te preparo una buena rodaja de merluza?
–Eh, qué… no, no, no –contestas titubeando mientras miras el reloj de la mesita de noche para asegurarte. –La ópera es mañana. Estamos a jueves, madre.
–¡Ya no sé ni en qué día vivo! ¡Estos medicamentos me tienen atrofiada! ¡Los voy a tirar todos a la basura! Entonces hoy no saldrás, ¿verdad?
–Seguramente, no. ¿Necesitas que te lleve alguna cosa?
–No. Voy a ver si me acerco luego a comprar una barra de pan, aunque todavía tengo bastante en el congelador. No te preocupes. Descuida.
–Quizá vaya a tomar un café por la tarde. Pero a eso de las siete, te llamo. Y cuenta conmigo el sábado. Ya sabes que lo mismo me da carne que pescado. Y de primero, lo que te apetezca a ti. ¿De acuerdo? Un beso.
–Un beso, hijo. Y si sales, abrígate bien, que debe de hacer mucho frío. Y te pones el sombrero, ¿me oíste? No te me vayas a constipar…
–Lo pondré, madre, dalo por hecho. Un beso.
–Un beso, hijo. Hasta luego.
Estás empapado en sudor. La camiseta y el calzón chorrean como si los hubieras dejado a remojo en la palangana. Tienes una resaca de órdago y tu cuerpo redolorido es un eccehomo de la cintura para arriba. Has vuelto a tener la misma pesadilla que te embiste como un toro bravo cuando llevas algún tiempo a palo seco. Sólo está viva en la vastedad inescrutable de la elaboración onírica, pero la padeces como si fuera pasmosamente real y, al despertar, la percibes en tus carnes con el mismo rosario de síntomas indeseables que ya has experimentado en el avispero recidivante de tus graves padecimientos.
Se asemeja a una película rodada en cuatro escenarios perfectamente definidos. En el primero sientes la angustia aterradora de una recaída; en el próximo, te invade la pulsión por la escritura; en el siguiente revives un ataque agudo de páncreas. Sólo cambia una secuencia de la cuarta escena, en el último plano: la mujer que te aguarda junto a la cama del sanatorio, aparece ante ti en tu propio dormitorio. Nunca es la misma, pero con todas has mantenido relaciones sentimentales y has convivido alguna vez. Y, justo en ese instante, te despabilas de un salto en el colchón. Esta noche ha sido Bibiana Pineda, la periodista con la que has compartido la vida durante tres años. Pero por ese mal sueño han cabalgado también la logopeda Claudia Maia de Oliveira, la empresaria Sonia López, la comerciante Teresa Fernández, la actriz de teatro Ángeles Espinosa o la abogada Fina Sánchez. Es un melodrama en cuatro actos que te agarra por la solapa contra un muro y te encañona con un revólver en la sien a punto de volarte el cráneo: el alcoholismo en cueros vivos, la obsesión literaria, la enfermedad crónica, los amores fracasados. La incertidumbre se cierne en frustración y te muestra con espanto sus fauces salvajes, igual que un caimán pronto a devorarte a dentelladas.
Bebes una detrás de otra seis latas de cerveza cero cero, tragas dos gramos de paracetamol, te das una ducha muy caliente y acabas con el agua bien fría. Antes de encender tu pipa, te zampas 100 miligramos de tramadol hidrocloruro y pones un comprimido de lorazepam bajo la lengua. A continuación le envías un correo electrónico a Sofía con un vídeo: «Espero que hayas descansado bien, querida mía. Por si no te veo hoy, te recuerdo que mañana tenemos una cita a las siete de la tarde en el Café de la Ópera. Ahí te va, para ir abriendo boca, el coro de esclavos de la obra. Seguro que ya lo has escuchado alguna vez. A mí me gustaría ser tu prisionero para siempre. ¡Espósame! Un besín, mc».
Dejas que la cazoleta se apague sobre el cenicero y respiras hondo. Aunque sientes el alivio de permanecer abstemio y barruntas que los malestares abdominales no irán a mayores, vuelves a la cama a esparcir la resaca de una borrachera seca y restablecerte de una pancreatitis artificiosa. Seca y artificiosa, sí. Por ahora.