Ciertos acrósticos inciertos
Especie de novela por entregas que escarba en los afectos enredosos y desata las pasiones íntimas entre una mujer madura y un hombre sesentón
Especie de novela por entregas que escarba en los afectos enredosos y desata las pasiones íntimas entre una mujer madura y un hombre sesentón
–Te has pasado veinticinco pueblos –te dice divertida cuando pone sobre la mesa el café solo, bien cargado y con mucho hielo, que acabas de pedirle apuntando a la máquina con el dedo índice nada más entrar por la puerta.
–¿Por qué? –titubeas con simulada extrañeza, mientras ella no deja de sonreír. –No sé de qué me hablas –añades, un poco más bromista. Y le asestas con la risa ya proyectada en tu cara –¿Cuéntame…?
–Ha sido un detallazo por tu parte. ¡Fue una sorpresa total! ¡No me lo esperaba, para nada!
Has elegido esa hora en la que hay menos ajetreo para intentar charlar con ella sin el agobio producido por la muchedumbre que se concita en el local a medida que avanza la tarde. Le confiesas que te hubiera gustado estar allí para ver con ojo de reportero y retina de detective, esa profesión sigilosa que sólo tú sabes que has ejercido muchos años atrás, cuál sería su reacción, pero que te habrías caído de la silla si algún camarero o cliente hubieran descubierto al autor intelectual del entramado. –Pues la que casi me desplomo fui yo –te cuenta Sofía. –¿Sabes? Al llegar el hombre con el ramo sólo había dos chicas en el establecimiento y pensé que sería para ellas. Me puse muy nerviosa cuando el repartidor me preguntó: Traigo esto para Sofía, ¿es usted? Cómo sería, que no atinaba a poner el hielo en los refrescos que acababan de pedirme ni conseguía abrir el sobre…
–Son unas rosas preciosas –me dijeron. –Déjame tu móvil para hacerte una foto. ¿Querrás conservarla como recuerdo, no? –sugirió una de las jóvenes.
–¡Claro, claro, a ver dónde lo tengo!
Luego bajé al almacén y coloqué cuidosamente las flores junto al bolso, donde guardé tu carta que leí ahí abajo. Y ofrecí algunos bombones a las chicas y a mis compañeros de turno. –Pero tranquilo, sólo la otra encargada, que nunca dice ni mu, sabe que fuiste tú. ¡Se lo tuve que comentar, me sentía tan orgullosa…!
El café empieza a llenarse de gente y sales a la calle a fumarte un cigarrillo. No puedes dejar de pensar en esa fotografía y en cómo le puedes insinuar, sin aparentar excesivo interés, si tendría la amabilidad de enseñártela. Como si al entrar lo trajeras escrito en la frente, es ella quien te sirve en bandeja el modo de alcanzar la secreta intención que albergas dentro de ti, al ir a pagar la consumición.
–Esta noche te la envío a tu teléfono, ¿vale?
–¿Eh…? ¡Ah, sí, sí! ¡Vale, vale! Envíamela, por favor. Gracias –dices casi tartamudeando.
Regresas a casa y estás atento a tu viejo Nokia. Prevés una larga velada y enciendes un cigarro puro de la última caja que quedaba en el estanco cuando fuiste a Las Palmas a presenciar «La bohème» de Puccini. Es un «Condal» del número 3. Está «hecho a mano» y, aunque ya no lo humedeces con güisqui cuando le cortas la perilla, te sabe deliciosamente, lo saboreas con parsimonia de buen torero y te maldices porque hayan cerrado la fábrica. A ratos lees «Otra vida» de Per Olov Enquist, con la música de fondo de Mozart correteando por el salón, y a ratos escuchas la «Lucia» de Donizetti, mientras intentas concentrarte en el dúo «…verranno a te sull’aure i miei sospiri ardenti, udrai nel mar che mormora l’eco de’miei lamenti…» y aunque ya te lo sepas de memoria.
A la una y veinticinco de la madrugada llega el mensaje que estás esperando. En la ínfima pantalla de tu móvil antedeluviano apenas puedes intuir, en un tamaño de dos por dos centímetros, un rostro risueño y adivinar doce puntos rojizos. Buscas enloquecido el cable para descargar la imagen en tu ordenador, pero no lo encuentras por ninguna parte. Le envías tu dirección de correo electrónico a Sofía y te encomiendas a todos los mártires para que aún esté despierta y te la mande de nuevo. Ella te responde que no recuerda bien su clave de acceso, que sabe que la tiene apuntada en alguna libreta, que está pensando en dónde la ha guardado, que tengas un poco de paciencia. Tú has puesto la casa patas arriba, abriendo y cerrando cajones, a la búsqueda de ese maldito cable que se ha tragado la tierra y acercas una enorme lupa sobre la pantalla de tu aparato, que ya amenaza con quedarse sin batería, pero ni aumentándola con esa lente gigantesca consigues un mejor enfoque ni una mayor nitidez.
Hora y media después salta su nombre, con un clip de archivo adjunto, en el buzón de tu Fujitsu. ¡Es la foto! Ahora si puedes observar con claridad su tierno dibujo de fascinación en la cara, sus manos alborozadas en torno a un bello ramillete, rojo y florido, que asciende desde la cintura hasta sus ojos angelicales como trepa en los brazos de una madre un pequeñuelo juguetón. La percibes tan complacida, tan arrebatada, tan adorablemente encantadora, que tienes que esforzarte para reprimir la emoción de su alegría inmensamente desbordada. A continuación te escribe: «Un aplauso para los hombres que todavía regalan versos, flores y bombones». Le contestas. Le recuerdas lo hermosa que es, le das las gracias y las buenas noches.
Y comprendes, mientras de camino al dormitorio tarareas por lo bajini el aria del primer acto de «Tosca», esa garbosa «Recóndita armonía» cuyo final trasmutas en un concluyente «ma nel ritrar costei, il mio solo pensiero… Sofía, sei tu!» que, por verla así de radiante, esa mujer se merece un jardín entero para ella solita y que tú sólo quieres llevarla contigo al paraíso para regalárselo.