Ciertos acrósticos inciertos
Especie de novela por entregas que escarba en los afectos enredosos y desata las pasiones íntimas entre una mujer madura y un hombre sesentón
Especie de novela por entregas que escarba en los afectos enredosos y desata las pasiones íntimas entre una mujer madura y un hombre sesentón
Hoy es el día de la onomástica de Sofía y ayer tuviste que trasvasar varias dosis adicionales de cafeína para agarrarte a la rutina de tus tempranos amaneceres. Estabas cansado, habías pasado la madrugada en duermevela y tenías que estimular las neuronas descalabradamente somnolientas, tras el chocante vendaval que desencadenó dentro de ti el reencuentro con Carmela, aquella muchacha quien, al trote de los años, apenas era una ficción olvidada en los rescoldos de tus recuerdos deslavazados, después del fugaz enfado y la rauda reconciliación con Lucía, en menos de lo que dura un parpadeo.
Cuando, por fin, se despidió para acudir a la llamada de su zagala y viajar al domicilio adonde ejerce el empleo de niñera, volviste sobre la novela autobiográfica en la que trabajas desde hace años, pero antes te hiciste algunas preguntas y las escribiste en un viejo cuaderno al que has llamado «Mujeres». Ahí reposa en silencio, como remotos esqueletos sin deudos ni lápida, un desbarajuste de soliloquios y chascarrillos, de dimes y diretes, de tú me has dicho, de yo no te dije, de tú me entendiste mal, de yo no quise decirte eso… un tenebroso repertorio de cuanto desbarras con una curda atroz y de cuanto sale por la boca de la acólita que te pone oídos. Y anotaste: ¿Te ha querido Carmela, realmente, alguna vez? ¿Y tú a ella? ¿Cuando os poseíais y en la cúspide del clímax exhalaba jadeos que hacían temblar las paredes de la habitación, sería para no defraudar las dotes del tipo experimentado que supuestamente ha de satisfacer los deseos de una joven ávida de relamerse con placeres aún por descubrir? ¿Por qué se ha enamorado de Lucía? ¿Será, quizá, bisexual? ¿Estaría dispuesta a abominar para siempre de los hombres? ¿Cómo habrían podido influir los tocamientos y las felaciones que su abuelo la obligaba a realizarle cuando era una niña indefensa, y que ella te había relatado con todo detalle, en este impensado cambio de orientación?
Cerraste esa libreta –por el momento– y abriste otra que responde al nombre de «Ciertos acrósticos inciertos». En manos de la batuta de Von Karajan, la «Quinta» de Beethoven es un bramido. Las piezas del rompecabezas para sorprender a Sofía cabalgan al unísono del vigor que, poco a poco, te va contagiando la sinfonía desbocada que aúlla en los altavoces de tu escritorio, pero has tenido que ir a la cafetería para acabar de espantar tu amodorramiento, despejarte de lo ocurrido, vaciar dos tazas de café solo, bien cargado y con mucho hielo, y felicitarla con un día de antelación porque le has dicho que te vas de viaje mañana a mediodía y regresarás muy entrada la noche. –A no ser qué estés por aquí antes de las once –le dejas caer con calculada picardía. Ella niega con la cabeza, te ha dado las gracias y te ha soltado con un suspiro que lo siente, que trabajará por la tarde… A ti no te gusta mentir, pero no irás a ninguna parte. Desconoces en qué calle vive y necesitas saber con certeza que estará en la barra cuando le llegue tu recado. Por eso, sólo por eso, te has permitido esta pequeña argucia.
De modo que has madrugado, has pulido minuciosamente los detalles de tu iluminada ocurrencia y has encendido el ordenador. Sin pérdida de tiempo, tecleas verso a verso un texto que titulas «Acróstico onomástico», lo imprimes sobre un papel envejecido y lo introduces en un sobre satinado con un escueto: «Para Sofía». Acudes a la confitería y haces que te envuelvan en papel de regalo un kilo de los mejores bombones que se venden en la ciudad. Vas a la tienda de una amiga tuya y le compras un enorme ramo de flores, muchísimo más vistoso que cualquiera de los que han salido con un tarjetón de tu puño y letra, desde lujosas floristerías, hacia los camerinos de las sopranos que has aplaudido en los teatros líricos de medio mundo.
–Llévalo a esta dirección, a las cinco menos cuarto en punto, junto con este paquete y esta carta. Es para una chica que trabaja en ese lugar. Por favor, asegúrate de que se lo entreguen a ella personalmente. En caso contrario, llámame al móvil.
–De acuerdo, Mario. Así lo haremos.
Han dado las cinco y tu teléfono no ha sonado. Y como te han faltado agallas para ver qué cara se le pondría al recibir el regalo, sólo puedes imaginártelo. Amarrado a la argolla de tu embuste no podrás moverte de casa por fingir que te has ido y tendrás que esperar a la tarde siguiente para ir a comprobarlo. La impaciencia empieza a devorarte. ¿Qué habrá sucedido?
Te revuelves en tu sillón orejero, escuchas el aria «La fleur que tu m’avais jetée» de la ópera «Carmen», luego la romanza «Flor roja» de la zarzuela «Los gavilanes», y te haces una panoplia de conjeturas, envuelto en las volutas espesas que brotan de tu pipa, mientras lees y relees una copia de la misiva que ya habrá llegado a sus manos.
F echa en el almanaque de septiembre
E ste viernes, bendito, dieciocho.
L a santa de la asaz sabiduría
I rradia la jornada como siempre.
C on rosas y bombones yo te digo,
I ncapaz de olvidarlo y de olvidarte,
D esde el cariño que por ti yo siento:
A quí me tienes, niña, soy tu amigo.
D esde mi ser entero, sin dobleces,
E ncargo hoy a Cupido que la vida
S epa darte la dicha que mereces.S i quieres caminar con este hombre
O tros pasos que a complacerte lleven
F unde tu dulce mano con mi mano.
I nvítame a tu mundo y pon tú el nombre:
A mor, colega, cómplice o hermano.mc/18 septiembre 2015