Aquel buen hombre tenía apoyado el antebrazo izquierdo en el canto de la mesa y tamborileaba los dedos de la mano sobre la funda de las gafas o se atusaba el bigote con desazón o se llevaba el pañuelo a la frente para enjugar el sudor frío que le resbalaba hasta el entrecejo. Estaba fuera de sí. La sopa le había demudado el rostro y sintió que le fallaban las fuerzas para seguir. Alzó la vista, pidió más vino, bebió un trago y volvió a la carga. Poco después, se rindió. No podía terminarla. Le faltaba una letra.