Mientras el gentío va con las carnes al sol, Mario Cano Dall’Ubriaco regresa a la sombra del manicomio. Serán cosas del ritmo circadiano o del reloj biológico o de la noria que gira al revés o del pájaro que se vuelve fanfarrón contra la escopeta. O, quizá esconda, el enésimo intento de dar carpetazo a la bebienda, quitarse de los bajos fondos, poner a secar las asaduras reventadas, cambiar los párrafos finales del testamento que lleva impreso en la yugular. Esto me ha escrito: «El cuerpo me pide guerra, Eme. He llenado de balas el carrete de la máquina de escribir que me apañaste en enero. ¡Un torpedo, esta ametralladora! Me la guardó en la taquilla un enfermero tragasantos, cuando me di el piro con una titi muy buenorra que la espichó de un pasote con no sé qué mierda. ¡Por mis muertos, colega! Desde hoy, ni playas ni ríos ni piscis ni chorradas. Ni afterhourses de la pijería ni garitos del putiferio. En el chabolo del hotelito estoy fetén chachipé. Calorina como para jiñarse, pero en este truño no necesito sombrajos. Te debo una, tron. Si asomas la jeta por Madrid, la borramos. Carpe diem. Y… custodiat me in vitam aeternam».