Pagas el precio de una trinca de estropicios. Tres días abruptos, borrosos, empinados. Tres. Ese número dos veces curvo (peligrosamente curvo), esa cifra burlona del otorrino en la consulta empeñado en que repitas «treinta y tres», ese dígito enigmático de la divinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo; de las potencias del alma: «memoria, intelligentia et voluntas», de las virtudes teologales: fe, esperanza, caridad; de los crucificados en El Calvario: Dimas, Gestas y el Nazareno; o también, esa tríada del régimen militar: el santo, la seña y la contraseña; de un trabalenguas enrevesado: tres, tristes, tigres; de lo evidente e imperturbable: sota, caballo y rey. En tu trinidad de turbulencias semanales hubo un anteayer y un ayer (quién sabe si habrá un domingo) y hay, providencialmente, un hoy. Hoy, esta tarde, ha regresado el hombre. No aquel de quien Hemingway dijo que podía «ser destruido pero no derrotado», aserto que nunca has compartido. No. Hoy se ha vuelto a poner en pie uno que cayó derrotado en cientos de batallas, pero a quien la guerra aún no ha conseguido destruir.