Se habla en los telediarios de la variante británica, la amazónica, la sudafricana, pero la que nos enferma en Asturias es la Variante de Pajares. En los noventa ya era el monotema de la revista «Ático» al son del presidente de los constructores Serafín Abilio Martínez, aunque crees que fue Sabino Iglesias, hombre fuerte de Coprosa y trillado licitador de obras ferroviarias, quien te dijo una vez, en una reunión del consejo editorial, que había sido Don Pelayo el primero que la imaginó con la idea de perseguir a los moros cuesta abajo por la meseta. Total, que se nos han ido veinte siglos y tres lustros oyendo el chacachá de un tren que no llega; quince años de carriles descarrilados y traviesas atravesadas; cinco mil y más días de filtraciones de aguas, carteristas infiltrados, untos a carretones, pastizales en cuartos, rampas, rampantes, cambios, cambiadores, danzas y tardanzas… No hay duda. La de Pajares es una variante jodona, testaruda y patógena como ella sola: talmente una cepa.