El largo viaje de La Caravana del Verso es una aventura de épica y de fábula, una historia fascinante de coraje intelectual y descomunal cabezonería. El empeño por llevar la poesía a todos los rincones y aventarla a los cuatro puntos cardinales se encarama, una y otra vez, tanto en una fantasía provocativa como en una entelequia retadora. He aquí la utopía antojadiza y consumada de convertir una vieja afición íntima en una modalidad artística de muchos quilates. Joaquín de la Buelga es la viva voz, la palabra recitada, el colorido de la entonación, la agudeza declamatoria; Rodrigo Alperi es la voz cantante, la inspiración melódica, el talento compositor. De la Buelga dice los versos a plana y renglón, Alperi los ahorma y escande sobre el pentagrama. Con la doble tracción de la rima y del acorde, de la canción y del poema, el carruaje rueda con los bríos de un motor de alto voltaje, apunta con un arma «cargado de presente» y dispara al universo mundo su inabarcable munición; léase: todo lo humano vale, como para el fraile del convento (que llevaba una puta al hombro); dígase: un romance, una silva, una décima, un soneto; proclámese: lo inmerso y lo disperso, lo anverso y lo reverso, lo terso, lo diverso, lo introverso, lo adverso, lo perverso. Aunque todo se toma de prestado, nada resulta ajeno. Cualquiera puede hacerse una idea de los pertrechos, si hurga con esmero en las mercancías del equipaje. Hallará cajas de cedés, poemarios, partituras, carteles de funciones del pasado, anuncios de actuaciones que ya fueron, recortes de periódicos; hallará, también, bocetos de recitales a la vista, bosquejos de primicias que tendrán su mañana, libretas manuscritas, cuadernos, cartapacios. Todo en orden y concierto, como guardianes bienmandados de las rodadas que se han dejado atrás o como visionarios obedientes de las travesías que aguardan turno. Los centenarios de Miguel Hernández y Teresa de Ávila dieron a la luz dos alhajas, «Barro» y «El canto de la alondra», que brillaron en los escenarios de la piel de toro a la par de «Camín de casa» en recuerdo de Alfonso Camín, «A orillas de Machado» en memoria del autor de «Campos de Castilla» o el «Pirulí poético» en tributo a Gloria Fuertes. En apretada síntesis, aún se han de consignar las giras que entronizaron la «Poesia sem fronteiras & poesía sin fronteras» con existencias de António Carlos Santos en la vecina Portugal, y «Galardonados», el obsequio cortés a los premiados con el Princesa de Asturias de las Letras, con géneros de Paul Auster, Leonard Cohen, Adam Zagajewski o Anne Carson, con prendas de Álvaro Mutis, José Hierro, Ángel González, Carmen Martín Gaite, José Ángel Valente o Claudio Rodríguez, que tejieron una reliquia largamente ovacionada en Oviedo, cuna y sede de la Fundación vinculada a los herederos de la Corona de España. Cuando se apagan los focos fugaces del teatro, el rumbo vira en busca de joyas perdurables. Entonces, se convoca a otros creadores, no por modestos menos portentosos, y se les hace un sitio en la bodega, trasvasando la magia de sus letras a los anillos de los sellos discográficos. Así, en la fonoteca, resplandecen cual zafiros «Entre niebla y espuma» de Aurelio González Ovies, «Los días que vendrán» de Juan. A. García Domínguez o «Nubes y claros» de Fernando Álvarez Balbuena, mientras que por el retrovisor se ve llegar correteando «La poesía de Víctor Botas» al abrigo cálido y afectuoso de una mirada póstuma. Ya, por fin, desde el prólogo al epílogo de tres lustros de fina orfebrería, un par de diamantes sin pulir asoman por el salpicadero. El estreno en la salmantina Alba de Tormes del «Cántico espiritual» de San Juan de la Cruz, con música inédita de nueva factura, y la conmemoración del nacimiento de Carlos Bousoño, hace cien años, que sólo cabe anticipar como antológica.