En «Donde Chucho» se habla de todo y no se habla de nada, aunque se charle con pasión y con agudeza. De las paredes del «chuzo», frente a la casa que habitó Jorge Eliécer Gaitán hasta un fatídico 9 de abril, ¿dónde si no?, cuelgan varios carteles taurinos y una bota de vino de la marca pamplonesa «Tres zetas». Por algunos altavoces, que no consigues saber dónde están, fluyen en remolinos la salsa y la copla. España, aunque no la echas de menos ni maldita la falta, está también, no sabes si casual o premeditadamente, en esta vetusta tienda y bar y taberna bogotana. La bombilla del techo, que alumbra tenuemente la sala, está embutida en una garrafa de licor de cinco litros, blanquecina y vacía, a modo de un prosaico farol. Las mesas, las sillas y las banquetas donde se reúnen a «echar lavadero» decenas de periodistas y comunicadores conservan intacto su original marchamo de sublime modestia. En este santo lugar, atendido con esmero y simpatía por Gladys y Chucho, se habla a borbotones y se ríe a carcajadas, como si la vida de los tertulianos se fuera cada segundo en ello. Y se bebe. Se bebe sin tregua. El aguardiente, que es el güisqui de los intelectuales de una pieza, se trasiega, botella a botella, en cantidades industriales. Héctor Rico y Rodrigo Celis miran a los ojos de lo que pasa ahí fuera a través de una cámara. La de Héctor destila planos en movimiento, la de Rodrigo, imágenes fijas. Pero ambos retratan el mundo, desde los redentros de su retina, sin trampa ni cartón. Ana María Guerrero, que anduvo por «Fachadolid» y se pasó a la docencia después de estar en los medios, deja sobre el tapete el nombre de un ministrable en riguroso «of the record». Carlos Linares es un insatisfecho crónico, casi subversivo, que se fue a Miami a probar como empresario hotelero y regresó enseguida para relatar sin el menor empacho los avatares de su malograda «bandidaspuntocom». Margarita Cendales, delgada, vivaracha y simpática, detenta una vitalidad casi enfermiza y siempre está dispuesta a cualquier cosa. No habla demasiado, mas organiza mucho y bien a velocidad de locomotora, que nada se le pone por delante a «la Manga». Los ojos más radiantes de la tertulia son los de Bibiana Pineda, una aventurera indomable que conoció a un español de Asturias y, sin pensárselo dos veces, puso vuelo de por tierra en apenas veinticuatro horas. Dicen algunos −y algunas− que él había venido a cerrar un negocio a Medellín y que se llevó consigo a la mujer de su vida, pero casi todos vieron en la maniobra una manera interesante de cobrarse, a cambio, la deuda histórica de la colonización…, porque ¡menuda es Bibianita! Freddy Sánchez es un «man –¿ese man quéeeeee?–» penúltima reencarnación del rollo romántico y bohemio, y lo mismo te sorprende recitando unos versos de Neruda que escribiendo unas cuartillas de cuño propio con inusitada genialidad. «La Negra», mujer de temperamento firme y mirada profunda que cambió las leyes por el periodismo, acabó por quedarse finalmente en la abogacía y hoy es una penalista juiciosa –esta Mireya Ariza– que ejerce con rigor y mano de hierro. Ricardo Vega y Javier Hernández, tanto monta, monta tanto, son de hecho y por derecho, por derecho propio más que por cualquier otro, pareja valiente y bien avenida en el complicado mundo de los afectos más íntimos, y Nelson Ospina, culto y documentado, es sin quererlo, y quizá sin saberlo, el viejo profesor que sienta cátedra de sabiduría cuando vierte su opinión y, según se cuenta, el consejero espiritual de Lucía Montealegre, la experta en relaciones públicas en la que se fueron posando, una tras otra, todas las miradas de los hombres. Esa noche, después de tocar las guitarras y antes de que llegara Cupido a cantar sus amores (un bendito indigente negro, rizoso, barbado, enjuto, estampa fiel del Otelo atormentado por el desvarío y enflaquecido por el hambre), esa noche garbosa, entre risas, canciones, chascarrillos, cuentos, esperanzas, derrotas y anhelos, hablando de todo y sin hablar de nada, pero hablando harto hasta las primeras luces del alba, te bautizaron en el «chuzo» estas hermanas y hermanos de sangre, estos amigos y amigas del alma.
M.C. | Bogotá, junio de 2002