La noticia no «te ha pillado por sorpresa, ni has llorado ni te has preguntado por qué a ti» (estabas prevenido: en 1990 te advirtieron de que eras un firme candidato). Ha pasado un año, por tus cuentas, de la irrupción del carcinoma (comenzaste a adelgazar de forma alarmante), siete meses desde el diagnóstico (ante el ascenso a las nubes de tus marcadores tumorales, la especialista en aparato digestivo mostró más dificultades para comunicártelo que tú en admitir el veredicto sin contemplaciones: tu presentimiento se ratificó como escabrosamente cierto), cinco desde la confirmación mediante biopsia (las imágenes por ecoendoscopia de lo que queda del páncreas son, como diría el doctor Henry Marsh, «demasiado aterradoras»¹), cuatro desde el inicio del tratamiento en la «Universitaria» de Pamplona (donde el siglo pasado ya te salvaron «in extremis» el pellejo). A machamartillo, y en dudoso parangón del «que resiste con la mar embravecida», hoy todavía puedes dar «un paso más» (sólo un paso más, que al final la vida es sólo eso, «sólo y tanto», te recuerda tu amigo, el cantautor Pipo Prendes); con el ánimo sereno te sabes, a partes iguales, en manos de la ciencia concienzuda y del azar juguetón; con buen humor corroboras, sin dejar de sonreír, que «lo que tenga que ser será y amén» (casi «Verbum Domini» en inspirada jaculatoria, toda una melodía que invita a una esperanza transigente) hasta la fecha final del vencimiento. Veremos…

(¹) «Toda la glándula pancreática presenta un aspecto marcadamente desestructurado, en relación con pancreatitis crónica severa ya conocida. La tumoración condiciona una obstrucción del conducto pancreático principal con dilatación retrógrada del mismo y atrofia subtotal del cuerpo y la cola. Adyacente a la masa, hacia la cara inferior del cuerpo pancreático, se visualiza una lesión quística de unos 35 mm de diámetro en aparente relación con pseudoquiste de retención. La cabeza pancreática también se encuentra marcadamente desestructurada y de aspecto atrófico, con fibrosis y calcificaciones sobre todo a nivel yuxta-papilar, lo que condiciona una marcada dilatación crónica del árbol biliar incluido el árbol biliar intrahepático».