«Sigue usted libre de metástasis», te comunicó con firmeza el oncólogo Mariano Ponz, ayer, día dos de octubre. Un año antes, el primero de octubre de 2024, un análisis de sangre en el Hospital Universitario Central de Asturias había puesto a la doctora de digestivo María Eugenia Lauret sobre la pista del cáncer, que tras la biopsia practicada en la «Universitaria» de Navarra se etiquetó como «Adenocarcinoma ductal de istmo de páncreas localmente avanzado, sobre pancreatitis crónica calcificante severa, irresecable en el momento actual». Acto seguido, aceptaste participar en un ensayo clínico capitaneado por el doctor Ponz desde Pamplona, y te administraron nueve ciclos de quimioterapia; por fin, ya va para un mes, terminaste de recibir veintiocho sesiones de radioterapia, junto a otras tantas de quimio por boca, en el IMOMA del Hospital Centro Médico de Asturias, a las órdenes de la especialista Lucía Méndez y con la supervisión del oncólogo Pablo Pardo. Has recibido también (justo es repetirlo sin más dilación) elevadas dosis de afecto por parte de médicos, sanitarios, amigos, vecinos y familiares, y has devuelto a duras penas todo el cariño que has podido. Fue un año tormentoso, pero el agua no llegó a desbordarse ni tu billetera se hundió por completo, y (contra todo pronóstico, como te gusta remarcar con ironía) no se acabó el mundo. Han transcurrido doce meses, que dieron de sí lo suyo en la conclusión de tareas que requerían obligada urgencia: elevar a firme el testamento notarial y el vital, añadir adendas, otorgar poderes, comprobar pólizas de seguros, revisar contratos, expurgar cajones, limpiar armarios, corregir galeradas de textos (inéditos por ahora), redactar las esquelas, rematar las instrucciones de tu enterramiento o destruir algunas −pocas− cartas comprometedoras de mujeres que nunca olvidaste (ni ellas a ti: oh, aquellas damas que hace nada ascendían a la cumbre de su lozanía; cuando  piensas en ello, te oyes a ti mismo decirte como un zoquete: «joder, qué terca sigue siendo la melancolía de ese fuego carnal que continúa todavía quemando tanto). A quien no te conozca puede antojársele curioso que, bajo la dictadura blanda de tu maniática chifladura por tenerlo todo en orden, hayas venido actuando como si a la hora de entregar la cuchara tuvieras que cargar con tu casa a cuestas y en perfecto estado de revista. ¡Ja! ¡Pobre de tu querido hermano, ay, que por un adarme para los gastos al que no quería avenirse ni a tiros, aceptó el encargo de, llegado el momento, repartir los trastos y mandar vaciar tus aposentos! Has traspasado (quién lo iba a decir) cincuenta y dos semanas de ceremoniales y ficciones, de escribir bobadas, leer literatura, fumar pipas, repasar a los clásicos; a diario, líricos y operistas; una vez por semana, zarzuelas de mantilla y pasacalles, tangos de charol y tacones de aguja o coplas de abanico y sombrero andaluz; los domingos, a la hora del Ángelus, salvo imponderables, La canción de los (buenos) borrachos del Sabina y el Páez («… la maldita canción del verano, la casa de citas de mi corazón, y el milagro del abecedario… la bala perdida que viene por mí, la nostalgia que amarga la huida, la banda sonora de lo que viví…»); y también, con el rictus fruncido de los que sufren de estreñimiento, has asistido a «hastaluegos» dudosos y adioses precipitados, a despedidas adrede y, ya con el ademán recompuesto de quienes logran tirar de la cadena, a algunas bienvenidas (muy bien avenidas, por cierto) sin previo aviso. A ti, que desde el principio sabes que acabará por suceder lo peor, incluso los días grises te han parecido radiantes, y no hubo jornada que, habiendo amanecido despejada, hayas cantado victoria hasta amarrar tu barca a puerto franco en los albores turbios del anochecer. Ítem más: dejando a un lado los efectos descarnados de los tratamientos (lo pasado, pasado está), en esta larga travesía has descubierto que eres algo más hábil de lo que te creías maniobrando con el ánimo, la impavidez y las piedras en el calcaño, y que la facilidad para pasar el borrador sobre lo que no merece ser recordado sigue manteniéndose intacta. O sea, que entre el seguir viviendo y el seguir durando, el viaje ha dado para bastante. Y, a la hora de hacer balance, concluyes que te has pegado un añito que ni tan mal.