Llevar en tu tarjeta la marca de «La Voz de Asturias» te abría de par en par las puertas de los despachos. Sobremanera cuando, en los años precoces, ocultabas a las secretarias el motivo de la visita y zanjabas toda indagación con un escueto: «Es por un asunto de suma importancia relacionado con el sector». Ahí se engallaba la argucia que sólo una mujer cautelosa hubiera llegado a confundir con una nueva versión del timo de la estampita. Traspasaste con éxito el murallón de decenas de mandamases y enseguida comprendiste que, frente a algunos resabiados que se sabían la martingala, una considerable porción de neófitos se repartía entre dos grupos de incautos: los estirados y los asustadizos. A los unos, que suponían que ibas a entrevistarlos por razones de prestigio, no les entraban las carnes en los sillones, te recibían con sonrisas de complacencia, lucían como recién salidos del peluquero, y apenas te hacían esperar cinco minutos; a los otros, que pensaban que ibas a interrogarlos para seguir el rastro de una noticia espinosa, no les llegaba la camisa al cuello, tenían el gesto adusto, los nudos de las corbatas por debajo del primer ojal, por lo general desabrochado, y te atendían de inmediato. Ventilado el ritual de la bienvenida con un firme apretón de manos —tú rayabas entonces los cien kilos bajo un traje gris marengo—, se descorría poco a poco el velo de tus intenciones y surgía lentamente el centelleo del verdadero propósito. Ante todo, era preceptivo calentarles la cabeza con la función social del periódico en un tono lo más grandilocuente posible; restregarles en la cara la acrisolada independencia, la imparcialidad acendrada, la seriedad intachable, el descollante rigor, la resuelta defensa de la libertad; pasarles por las narices el compromiso ineludible con quienes como ellos, como otros —y sacabas a relucir tres o cuatro competidores de postín para encenderles los humos—, arriesgaban con empeño su dinero en los vaivenes tornadizos de la economía de mercado; regalarles las orejas con la magna contribución al bienestar laboral por la creación de innúmeros puestos de trabajo, tanto o más que la aportación decisiva y nunca bien gratificada al boyante progreso de la región; para, llegados a este punto culminante, elevar ligeramente la voz y rematar el sermón con dos hazmerreíres de traca, que no eran sino el carácter altruista de la denodada heroicidad de la cabecera y la renuncia absoluta a cualquier beneficio pecuniario que intentase, siquiera, rasguñar la salvaguardia permanente de aquellos valores excelsos o pretendiera resquebrajar, ni medio ápice, los desvelos consagrados a la impecable fidelidad del amantísimo lector. Porque, estaba meridianamente claro, tú jamás hubieras osado comprometer la merecida fama de unos grandes empresarios —que al llegar aquí te escuchaban con suma atención— ni abocarlos a poner un anuncio en el especial del automóvil o en el del mueble o en el de los huevos a la flamenca, que ya bien se sabía que en modo alguno necesitaban unas firmas de tan granada solera y tan distinguido fuste como la suyas, no, no, de ninguna manera, tú no estabas allí para embadurnarlos con nada de eso. Tú habías llegado allí al rodar de una generosidad cristiana, arrastrado por una abnegación casi beatífica, y, en la apoteosis álgida de aquel seráfico momento de aquella bienaventurada mañana, el almo apóstol que latía dentro de ti, apenas si consentía en trasladar al juicio de los rectos industriales la oportunidad de concederse el favor de un modesto donativo; y ello —esto convenía recalcarlo mucho— en jubilosa equidad con la altísima misión del periódico que por una vez, por una extraordinaria y exclusiva vez, se disponía a emprender el esfuerzo, el vital esfuerzo, el descomunal esfuerzo, el titánico esfuerzo, el sobrehumano esfuerzo, el esfuerzo padre y madre de todos los hercúleos esfuerzos editoriales habidos y por haber, de sacar del ostracismo la pujanza mayúscula de quehaceres dignos de mayor encomio y dar a la pública luz los monumentales logros de unos gremios de trascendental relevancia y unos fabricantes de fastuosa ejemplaridad, hasta entonces injustamente olvidados por la desmemoria del vulgo atolondrado, abandonados al albur de la azarosa ventura, desahuciados del mundo próvido de la bondad, dejados de la infinita misericordia de Dios. Y así fue que, con la bendición del editor José Eladio Amado de Lema (que en gloria esté) y la docilidad de su recua de chambelanes y fámulos, mientras duró la cándida idea del periodismo filantrópico y el pretexto voraz de tomar por obligatorio lo que se disfrazaba de voluntario, cada temporada ibas haciendo la ronda como el alcabalero va recaudando sus tributos. «Quiero que ganes dinero —te había dicho en la inmensidad de su despacho el señor Amado, casi con los pies colgando de su enorme sofá de piel de búfalo, seguramente afanado a la buena voluntad de un tapicero en un intercambio por publicidad—, quiero que ganes dinero, mucho dinero, cada vez más dinero; quiero que bebas el mejor cava, fumes los mejores puros, frecuentes los mejores cabarets, el Yuma, Los Monumentos, que es ahí donde la gente de negocios alterna con la gente de negocios, y verás subir tu cartera de clientes como suben las burbujas en las alegres copas que te servirán camareros bien vestidos con chaleco y pajarita, por no hablar de las mujeres pistonudas…». Todo le parecía poco al hombrecillo rechoncho que, debajo de su sombrero, imaginó movilizar una flota de helicópteros para arribar a los quioscos más apartados de los talleres antes que la malvada competencia. «Sí, Malvado de Lema me llaman en Calvo Sotelo, ya lo sé —bramó en una junta ante el séquito mudo de la curia administrativa—, pero a mí, que nací en la rotativa del Faro de Vigo, el primero, el más antiguo, el decano de la prensa que fundó mi abuelo, no me va a enseñar cómo se venden periódicos esa caterva de chupatintas. Haremos una ruta de Llanera a Taramundi, otra hacia Ribadedeva, otra en dirección a Covadonga, otra que llegará hasta Degaña. Estaremos allí con el primer rayo del sol y correrán de mano en mano miles y miles de ejemplares con soberbios monográficos como éste —extendió sobre la mesa uno muy abultado con el título de «Hogar 79»—, como éste —repitió pasando las hojas con estrépito—, como este revolucionario cuadernillo de primicias que es testigo palpitante de las últimas novedades en alfombras, notario trepidante de lo más avanzado en alcayatas, profeta clamoroso de lo que más se llevará esta primavera en albornoces. ¿Lo habéis escuchado bien? ¿Seguro, señor Fernández? ¿Tú también, Manolo? ¿Alguna duda, Eliseo? ¿Tú tampoco, José Antonio? —los fue desafiando uno tras otro clavando sus ojos puntiagudos en los de ellos—. Pues eso vamos a hacer, ¿de acuerdo? Se hizo un silencio cenobial y al otro lado de la puerta se oyó decir a Mariana, su ayudante de gabinete: «Está reunido, don Pío; claro, claro, se lo diré con mucho gusto en cuanto termine, señor Cabanillas; despreocúpese, despreocúpese usted, señor ministro». Y tú, José María —prosiguió en su acalorada perorata el jefecito engominado—, átate bien los machos, pedazo de robaperas, y que no te lo tenga que repetir: menos opinión, menos política, menos internacional, menos finanzas, menos borregadas de Cordero, de Melchor, de Ceferino, que ya se lo he dicho a Jácome sin tener que andarme por las ramas… Y más deportes, más sucesos, más velorios de mineros y, sobre todo, más suplementos, ¡más! ¡más suplementos! ¿Qué es eso de que uno al mes? Uno cada quince días. Y subidle al superagente Campo —tú te sonrojaste por el peso de la púrpura— otro cinco por ciento en la escala de rappeles. ¿Ha quedado claro?». Nada era bastante para bajar de las nubes al «señor consejero delegado», como le hacía decir a Mariana a quienes lo llamaban por teléfono, y nada fue suficiente para ti. «Ahí llega el marqués —avisaba Orlando, levantando la vista de los cuadrantes de circulación cuando te veía bajar del taxi—, el potentado marqués, el marqués del Pijo Florido…». Y no andaba descaminado, era casi verdad. Tú, que sólo dedicabas media jornada a conseguir anuncios, llegaste a multiplicar por cuatro el sueldo de un redactor, y por ahí empezó a medrar el origen de tu desgracia. Si buena parte del botín pendía del momio de la astucia, otra buena tajada de la breva caía por la boca, atravesaba las asaduras y se eliminaba por la micción como fechoría del diablo. Te forraste el riñón con tanta rapidez, que tampoco tardaste mucho en pagar los gravámenes de un cólico nefrítico. Pero sólo era un aviso, el primero, y a pesar del mullido despilfarro te fuiste a la mili tapizado de billetes de cinco mil, morados y almidonados, tal que las casullas para el flagelo.